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Hemeroteca: Toda una vida con los íberos

José Iván Suárez
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La provincia de Albacete es clave para entender una cultura enigmática de la historia de España y el ingente trabajo de los investigadores permite permitiendo despejar algunas incógnitas

Réplica del monumento de Pozo Moro, en Chinchilla. - Foto: Rubén Serrallé

Todo comenzó en el Cerro de los Santos. «A una legua del pueblo de Montealegre, siguiendo la anchurosa cañada que flanquean diferentes cordilleras, por cuyo pie corren las aguas torrenciales, pasando junto a Yecla, y se dilatan en extensas llanuras hasta desaguar en la costa de Alicante, se halla el Cerro denominado de los Santos desde tiempos antiguos», se decía en un artículo publicado en Madrid, en 1875, en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Solo cuatro años antes se había difundido el primer estudio científico sobre un yacimiento arqueológico que tenía mucho que decir. Un hito en la historiografía que supuso el arranque en las investigaciones sobre una cultura enigmática de hondas raíces en España. En el siglo XVIII, el canónigo Lozano apenas había apuntado el nombre de Bastetania y Contestania. Solo unos pueblos perdidos en la remota antigüedad. Hasta hace 150 años, apenas se hablaba de primitivos.

Hacia 1830 empezó a deforestarse el paraje y las lluvias obraron el milagro. El Cerro de los Santos fue dando a luz los primeros vestigios. En 1860, Juan de Dios Aguado y Alarcón envió un informe a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando pero no se le hizo demasiado caso. Una década después, los Escolapios de Yecla, liderados por el Padre Carlos Lasalde, tienen conocimiento del lugar tras las rebuscas de Juan y Amat. Y es entonces, en 1870, durante la primera excavación, cuando emergió de las tinieblas, la gran escultura, la Dama Oferente. Los sabios ya tenían una nueva llave con la que abrir el duro cerrojo del entendimiento. Antes de las piezas arqueológicas, lo único que iluminaba la oscuridad sobre los íberos eran las escrituras de los autores clásicos, textos plagados de sombras, como este de Justino: «El cuerpo de sus hombres está preparado para el hambre y la fatiga y su espíritu para la muerte». 

En la Memoria sobre las notables excavaciones hechas en el Cerro de los Santos, de 1871, efeméride que celebrará el Museo de Albacete con una magnífica exposición, ya se contaba con tintes premonitorios acerca de las ruinas recién descubiertas: «Creemos que hayan de ser el primer documento en prueba de lo adelantada que estuvo la civilización de nuestros aborígenes, antes que los fenicios i los griegos pudieran influir con sus decantados progresos en las costumbres i civilización de los primeros españoles». A partir de ese momento el interés de los expertos europeos y españoles fue en aumento. La historiadora Blanco Gamo lo explica mejor en su extenso trabajo sobre la historia de la arqueología en Albacete: «Desde las postrimerías del siglo XIX la antigüedad hispana había despertado el interés de estudiosos extranjeros, que paulatinamente fueron aminorando el afán coleccionista dejando paso a otro investigador». Y los hallazgos se sucedieron. La bicha de Balazote, el Amarejo, El Llano de la Consolación, El Salobral. Las piezas ibéricas de Albacete comenzaron además a llevarse fuera de Europa y se mostraron en varias exposiciones universales en Viena, París o Roma. 

Cuando el 22 de junio de 1927 se inauguró el Museo de la Comisión Provincial de Monumentos, ya se había perfilado a grandes rasgos la cultura ibérica. Aquel primer espacio expositivo albergaba unos 3.000 objetos de distintas épocas y según publicaba el Defensor de Albacete, «cabe confiar en que la obra empezada tan brillantemente rendirá óptimos frutos, para destacar y consolidar los valores artísticos e históricos de nuestra provincia». La inexistencia de unas instalaciones y la irregularidad funcional de la Comisión hasta esa fecha, empujaron a que muchas piezas salieran de Albacete para siempre durante las primeras décadas de hallazgos

 

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