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Paradojas

José Francisco Roldán Pastor
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«El violador la estuvo golpeando en la cabeza hasta creerla muerta, pero Irene no se quiso morir»

Imagen del Centro Penitenciario de Albacete. - Foto: Rubén Serrallé

Los hay que reflexionan y conforman argumentos dignos de secundar, lo que supone construir una cultura del saber y estar imprescindibles para soportarnos y continuar subsistiendo, incluso, entre personas diametralmente opuestas en cuerpo y alma. Muchos se dedican a navegar en mares de paradoja. También, y es peor, habrá piratas acechando para robarnos conceptos admitidos como correctos y asumidos sin dudar. Todo es relativo, como decía un sabio, y por eso no hay modo de que nos sintamos en paz.

Hasta los mejores intencionados, que suelen moverse por designios del corazón, protagonizan comportamientos paradójicos, porque lo bueno y justo no debería ser cuestionable. Irene estaba tendida en una cama del hospital desde hacía demasiado tiempo. Los monitores advertían que seguía entre los seres vivos, y no dejaba de ser un modo de aguardar su regreso. Hacía muchos meses que sufrió una agresión sexual.

 El violador la estuvo golpeando en la cabeza hasta creerla muerta, pero Irene no se quiso morir. Se quedó prendida en la nada, mientras su padre y abuela se turnaban junto a la cama hablando para facilitar su vuelta. 

Después de que cicatrizaran las heridas, que fueron tremendas, su rictus era propio de una chica dormida plácidamente, inmóvil, serena, surcado lo que algunos han llamado el haz luminoso donde no hay nada malo que contar. 

Su padre, a pesar de soportar ciertos desprecios mundanos, logró extraer pequeños detalles imprescindibles para que los policías que investigaban el delito, sorteando trabas legales, lograran detener al autor para que fuera juzgado y cumpliera condena.

 Toda la maquinaria procesal se puso al servicio de un criminal reincidente, beneficiado por tantas ventajas, que un sistema deficiente regala sin mesura. Irene no se inmutaba, pero de improviso, sin poder hacer o decir nada, era consciente de ser y estar. Ligeras sensaciones la estaban situando en un lugar nuevo, bastante menos iluminado, sin dejar de ser placentero. Era como si estuviera regresando de un viaje a ninguna parte. No podía mover ni los párpados, pero escuchaba algo en rededor. Fue un hilo de lágrimas recorriendo suavemente su mejilla izquierda la que hizo sonar la bendita señal de alarma. Un monitor fulguraba. 

La abuela, que no la dejaba sola ni un momento, notó que algo pasaba y la llamó. La chica reconocía palabras y sentimientos sin mirarlos. Le costó, pero consiguió abrir los ojos para encontrarse donde no sabía que estaba. La tenue luz de una tarde nublada la depositó en una realidad que había olvidado.

 Aunque no hablaba, sí escuchaba el llanto agradecido de quienes deseaban verla de nuevo viva. Irene necesitará tiempo para sentirse otra vez normal. El procedimiento, en el que estuvo presente su padre, sirvió para admitir que la justicia existía, y para bien. 

No fueron sencillos los meses siguientes para recordar y reconocer mucho de lo que quería, también, lo que no deseaba. Su entorno familiar y social, lenta y contumazmente, le mostró su respeto y cariño. No hablaba del suceso que sufrió, al menos hasta que considerara finalizado el periodo adecuado.

Su abuela, que se cambió a la casa para cuidarla, perdió el control de la suya porque unos okupas se apropiaron de ella. El proceso legal era lento y despreciable. No estaba claro si podría recuperar todo lo que tenía en sus muebles, que algún experto decidió ignorar. Su padre sabía que el violador estaba cumpliendo condena en una prisión moderna, dotada de todo tipo de comodidades. Había gente bien intencionada haciéndole la vida más fácil con posibilidad de estudiar y aprender un oficio. 

También le regalaban funciones de teatro, música y otros entretenimientos. Es más, otras buenas personas lo visitaban para reconfortarlo y darle ánimos con el fin de hacer lo correcto cuando regresara a la libertad, que estaba cerca si cumplía los generosos plazos previstos. Irene no puede leer.

Tiene dificultades para concentrarse. Ningún ser bueno, como los que van a las prisiones, ha decidido visitarla. Esa Navidad, seguro, el Papa irá a lavar los pies a doce presos. No conocemos                  si tiene previsto hacer lo propio con 12 víctimas de delitos, como Irene. 

Paradojas.