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Elena Serrallé

Elena Serrallé


El último beso

02/03/2022

Decía Mark Twain que «la guerra es lo que ocurre cuando fracasa el lenguaje». «Es una derrota para la humanidad», verbalizó en su día Juan Pablo II. Otras voces apuntan que la guerra es el infierno. El horror. La supervivencia. El miedo en su versión más dura.
Lo más triste de toda esta desgracia que está ocurriendo en Ucrania es que la guerra no la hace la gente, sino los gobiernos. Si al frente de ese gobierno situamos a mentes maquiavélicas con mirada fría y borrachas de poder, estamos perdidos. 
Nuestros hijos preguntan si va a llegar aquí la guerra, como si de otro virus se tratara. Con gesto preocupado les contestamos que estén tranquilos, que nuestro país está a salvo, aunque algo dentro de nosotros tiembla por la incertidumbre, ésa que atenaza y amedrenta, ésa que abre oídos y cierra estómagos. 
Una de las imágenes grabadas en mi retina me dibuja a un padre ucraniano intentando despedirse de su hija. La niña, de unos nueve o 10 años, llora desconsolada aún sin ser consciente de la magnitud de ese adiós. El padre, roto, no sabe cómo se da el que, posiblemente, sea el último beso. El más difícil. Desconoce cómo se abraza por última vez el cuerpo menudo de una hija. A él lo obligan a hacer la guerra, ¿pero qué locura es ésta?
Me estremezco al pensar que probablemente hubo un día en que esa niña le preguntara si allí llegaría la guerra.
El ser humano es capaz de las mayores proezas y también de las más deleznables conductas. De lo mejor, pero también de lo peor. Peligroso.