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Eloy M. Cebrián

Eloy M. Cebrián


La vida sin mascarilla

06/05/2022

La medida de eliminar la obligación de llevar la mascarilla en interiores ha resultado eficacísima, al menos en mi caso. Justo una semana después de atenerme a ella, ya había pillado el Covid. Me dolían hasta las pestañas y tenía tiritonas, lo que es una señal inequívoca de fiebre. La prueba de antígenos mostró esa segunda rayita roja que pensé que nunca llegaría a ver, con lo que se hizo oficial que mi sistema inmune estaba peleándose con el virus. Acababa de engrosar las cifras de la pandemia de forma oficial. Y con esto no quiero pecar de dramático. Los síntomas fueron leves, remitieron en tres días y les aseguro que, en mis tiempos, tuve resacas mucho peores. Lo que me da que pensar es la ligereza con que nos han permitido prescindir de la mascarilla en aquellos lugares donde somos más vulnerables. Y es cierto que a nadie le han obligado a quitarse el bozal, y que tal vez esté mal quejarse de que el Gobierno nos trate como personas adultas. Sin embargo, que yo sepa, no se ha eximido a ningún adulto de la obligación de conducir con el cinturón de seguridad ni de cruzar las vías del tren por los pasos y lugares habilitados para ello. Dice un amigo que la idea es que todos acabemos contagiados y generemos de una vez la tan ansiada inmunidad de rebaño. Si es así, creo que hay procedimientos mejores que lanzar a la gente al mar, a ver si hay suerte y no se ahoga. Porque hasta hace no tanto la gente se moría de esto. Y en este punto conviene extraer la consecuencia más importante de este encuentro mío con el Covid: desde que recibí el alta, no hago otra cosa que bendecir las tres vacunas que llevo entre pecho y espalda.

ARCHIVADO EN: COVID-19, Virus, Pandemia, Vacuna