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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Saqueadores y oportunistas

28/11/2022

Durante los últimos años del gobierno del malhadado Carlos II, que pasó a la Historia con el generoso sobrenombre de 'el hechizado', empezó a circular por las cancillerías europeas la imagen de una enorme cerda con decenas de ubres, y, agarradas a dichas urbes, decenas de cochinillos desesperados, entregados, en una especie de fogosa competición, a ver quién de entre ellos extraía a la cerda el mayor nutriente. La cerda, obviamente, era España, y los cerditos, los países que a la sazón andaban frotándose las manos viendo el desastre que se ceñía sobre el viejo y caduco Imperio Español, o Imperio de los Austrias, como en determinados círculos solía denominarse. Eran de ver, en la especie de caricatura, los rasgos  sañudos y frenéticos de determinados cerditos, más parecidos a las hienas y chacales que a sus pares. En ese degeneró, para desgracia nuestra, el Gran Imperio forjado por los Reyes Católicos y por su nieto, el Emperador. Y aquella fue la imagen más representativa de nuestro país, donde, siguiendo el pernicioso ejemplo del duque de Lerma (que para no ser ahorcado se vistió de colorado), valido de Felipe III (¡ay, los validos) y, en menor escala, del conde duque de Olivares, pasando por Isabel de Farnesio y Godoy, se puso de moda el saqueo del tesoro, o, lo que decía Zaplana, el 'forrarse', de tal modo que personajes como Quevedo se asombraban pensando en las riquezas que debía albergar nuestro país cuando, pese a sufrir saqueo tras saqueo, mal que mal, iba tirando.
Curiosamente, a este modus operandi se le sigue denominando 'política'. Recuerden ustedes, amables lectores, cuando Roosevelt (cuatro veces elegido presidente de los Estados Unidos) y, años más tarde, J. F. Kennedy, decían ardorosamente en sus discursos dirigidos a la ciudadanía, que pensara cada cual lo que él –el ciudadano–podría dar al Estado, no lo contrario. Aquellos eran tiempos fabulosos: esos mismos en que, como me reconocía mi pobre padre, bastaba un fuerte apretón de manos para firmar un acuerdo. Hoy, sin embargo, los legajos se acumulan en los juzgados y no hay jueces para dar curso a tanto delito.
Hoy día se ha impuesto la moda del 'qué hay de lo mío' y de ahí no salimos. A escala individual y, lo que es peor, a escala de partidos; véase, si no, la inverecundia con la que en el Parlamento actúan personajes, aparentemente muy dignos, muy encorbatados como el  vasco Aitor Esteban Bravo, o la troupe completa de independentistas catalanes, a la cabeza el aún más digno caballero Rufián, o, como no podía ser de otro modo, el grupo Bildu, con don Arnaldo Otegi detrás. Hacer política para ellos es poner precio a todos y cada uno de sus movimientos; venderse al mejor postor, en especial cuando, como ocurre en estas fechas, encuentran a un Gobierno débil, que nos les puede negar nada, en vista de que tienen enfrente a un PP que, como Trump, aspira al poder a costa de lo que sea. Un horror.
Pienso que los nacionalismos han sido y están siendo el mayor cáncer de nuestro país. Los que anatematizaron el nacionalismo centralista franquista, en Cataluña y Euskadi, en la actualidad, lo están dejando corto. Su exclusivismo, su egoísmo, su sectarismo y, a menudo, su fanatismo, hacen una tortura cohabitar y. no digamos, gobernar con ellos. Sinceramente, lo que está aguantando con este grupo de envalentonados Pedro Sánchez es difícil de entender y, no digamos, de soportar. Cada ley que apoyan, les falta tiempo para presentar su factura, en dineros, en prebendas o en 'competencias. Y no me extrañaría que, de seguir al paso que vamos, terminaran exigiendo el cese de la Legión. Así pagan la generosidad de los padres de nuestra Constitución, permitiendo el cupo vasco y el hecho (que curiosamente nadie pone en cuestión) de que el voto catalán y vasco valga el doble que el del castellano. De aquellos polvos…