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Un joven país marcado por viejas heridas

Pablo Moraga (EFE)
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La independencia de Sudán del Sur en 2011 abrió una puerta a la esperanza que sigue cerrada por las guerras internas entre diferentes bandos políticos que alimentan el caos, la inseguridad y una crisis humanitaria que pone en jaque a la población

La nación cuenta con grandes reservas de petróleo que no han hecho más que incrementar el conflicto de intereses entre los más poderosos. - Foto: Pablo Moraga

Y uba es la capital de una nación rota. Sus símbolos, deteriorados por una guerra civil, han perdido su significado en Sudán del Sur, el país más joven del mundo -se independizó en 2011- pero aún marcado por viejas heridas. Es una ciudad fundada por personas que llegaron desde lejos -refugiados que crecieron en otros Estados, campesinos que lucharon en las zonas rurales- para hacerse un futuro. 

Después de resistir más de cuatro décadas de guerra con el Gobierno central de Jartum, la independencia de Sudán del Sur era, para ellos, una oportunidad. Pero esa esperanza estalló por los aires apenas dos años más tarde, cuando los militares leales al presidente sursudanés, Salva Kiir, empezaron a combatir contra los del exvicepresidente Riek Machar, hundiendo al país en una guerra civil. Esas batallas por el poder continúan en algunas regiones norteñas, a pesar de que ambos bandos acordaron en 2020 construir un Ejecutivo de coalición.

Además, la disputa del Gabinete contra Machar ha encendido otras rencillas antiguas, con políticos, militares e incluso grupos de ciudadanos oportunistas que explotan el caos de la guerra para obtener más armas y luchar por sus intereses.

Sudán del Sur está asomándose a su peor crisis humanitaria, según advierte Unicef. Es una tormenta perfecta que está asfixiando aún más a un Estado incapaz de abastecer ni siquiera los servicios sociales más básicos. A la inseguridad se han sumado varios episodios de sequías e inundaciones devastadoras para la población.

Actualmente, el 66 por ciento de los sursudaneses -alrededor de 8,3 millones de personas- necesita asistencia humanitaria, según datos de Naciones Unidas.

Yuba es, también, la capital de un territorio rico: sus entrañas esconden una de las reservas de petróleo más grandes de África subsahariana, aunque la mayor parte está todavía sin explotar.

Este tesoro negro es imprescindible para comprender por qué Sudán del Sur está en guerra.

Con un Estado débil, incapaz de acotar el poder de las élites políticas, deseosas de tener un acceso ilimitado al dinero del petróleo, los recursos naturales aún no han traído prosperidad para el pueblo sursudanés, sino peleas interminables por conseguir o mantener los puestos de mando del Gobierno.

«Estamos cansados -afirma el activista James Sekwat-. Hemos nacido en una guerra, hemos crecido en una guerra, e incluso algunos de nosotros hemos tenido hijos en una guerra. ¿Cuánto tiempo va a durar esta situación?». Sekwat pertenece a Anataban, un grupo de artistas de todo tipo, desde raperos a pintores, con un denominador común: su hastío por la violencia. «Queremos crear un espacio en el que los jóvenes puedan alzar su voz, expresen sus preocupaciones y digan lo que piensan», añade.

Las peores atrocidades de los últimos años se cometieron en nombre del odio étnico. Esos verdugos decían «debes morir porque eres dinka» o «te violamos porque eres una nuer». En una guerra impulsada por objetivos egoístas, los poderosos se escudaron en su etnicidad e intentaron alimentar el rencor entre los pueblos para reunir más combatientes.

«Las élites políticas han manipulado a las comunidades para que luchen contra otras comunidades», explica Manesseh Mathiang, uno de los fundadores de Anataban. «Pero los ciudadanos -continúa- estamos cansados de eso. Ahora, los sursudaneses no estamos dispuestos a ser engañados de nuevo. Los líderes intentan dividir al pueblo con políticas tribales, pero nosotros queremos permanecer unidos». 

«Hemos tenido muchas dificultades durante la última guerra, que fue peor que las anteriores -subraya Atakir Dut-. Los combatientes quemaban casas. Mataron a muchas personas. También secuestraron a los niños para convertirlos en soldados». A sus 59 años, Dut mira el mundo desde la sombra de un mango frondoso. Y conversa con la seguridad que le han dado 38 años de experiencia trabajando por la paz.

 

Sin oportunidades

Este hombre es un sultán, es decir, los aldeanos de Akanyawit, un pueblo de casas de adobe del estado de Bahr el Ghazal del Norte, lo escogieron para que buscase soluciones a las disputas locales. «Intento solucionar los problemas que surgen en esta zona para que permanezca en paz -explica-. Pero nuestro obstáculo principal es la ausencia de oportunidades para los jóvenes. Podemos cultivar todos los terrenos que ves a nuestro alrededor. Sin embargo, las inundaciones destrozaron nuestros huertos. Si el Gobierno o una ONG no nos ayuda, no tendremos comida para todos».

Dut pone un rostro serio cuando habla de las luchas entre etnias. «Nuestras guerras -zanja- no son tribales. El problema es la pobreza. Si la gente tuviese oportunidades para alimentarse, esas peleas no existirían. Las personas vivirían en paz. Y los políticos no podrían movilizarlas para que luchen por ellos».