Una 'pequeña Troya' en La Mancha

E.F
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Los niveles de ocupación del Acequión coinciden con los de Troya VI, el nivel del apogeo de Ilion, la capital sobre la que reinaría Príamo y cantaría Homero.

Aspecto actual del Acequión - Foto: A.P.

Por toda la Mancha, la mayor llanura natural de la Península Ibérica, hay pequeños montículos de unos pocos metros de altura, hechos por el hombre hace miles de años. Hacia el oeste, les dicen ‘motillas’ y, más al este, los llaman ‘morras’.
Muy cerca de Albacete -de hecho, se puede ir a pie  desde la ciudad- hay uno de esos montículos. Está en medio del lecho de un antiguo humedal, que se secó por completo en los años 70 del pasado siglo y se llama la Laguna del Acequión.
Parece poca cosa. Pero los seres humanos que la habitaron de forma intermitente entre el 1900 y el 1500  antes de Cristo formaron parte de una serie de culturas de la Edad del Bronce que florecieron por todo el Mediterráneo en este periodo y cuya mejor expresión fue la más mítica de las ciudades de Occidente: Troya.
Los niveles de ocupación  del Acequión coinciden con los de Troya VI, el nivel de  la época de apogeo de Ilion, la capital sobre la que reinaría Príamo y  bajo cuyas murallas combatirían Héctor y Aquiles  en la guerra que Homero narró en los versos hexámetros de la Ilíada.
La historia del Acequión nunca tuvo un aedo que la recordase. De haberla tenido, además, no hubiese sido un Homero, sino un Hesíodo, el poeta que describió la ascética vida de los campesinos en sus Trabajos y Días, siempre en permanente lucha con el medio.
En 400 años, el pequeño poblado del Acequión estuvo ocupado en tres períodos distintos. Tres veces estuvo habitado, y tres veces fue abandonado. Hubo una cuarta fase ocupación, más tardía, en la Edad del Hierro. 
Cada una dejó su huella en el yacimiento, que cubre una superficie de 3.000 metros cuadrados. Bajo el montículo que lo cubre todo, se encuentran los restos de dos murallas circulares y concéntricas. La más interior tiene unas dimensiones respetables: cinco metros del alto y seis de grosor.
A lo largo de los últimos 30 años, el Acequión ha sido objeto de varias campañas arqueológicas que, como quien retira las capas de una cebolla, han devuelto a la luz   los capítulos de una historia que aún continua, la del ser humano que intenta adaptarse al medio.
Hubo épocas en las que el  Acequión fue una isla en medio de una laguna llena de vida, como los crannog, los asentamientos lacustres que aún existen en Escocia e Irlanda; en otras,  la laguna se secó, y los humanos excavaron pozos en los últimos puntos en los que hubo agua, a la búsqueda de la capa freática para regar y beber de los acuíferos subterráneos. Hubo épocas, en fin, en las que el agua se fue, y los humanos tuvieron que emigrar a otras tierras. 
Cuatro milenios más tarde, estamos en las mismas.