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Una pequeña capital en la comarca

Ana Martínez
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San Pedro cuenta con un importante tejido empresarial y agroalimentario que procura empleo no solo en el municipio, sino también en los de alrededor

Miriam Guerrero y José Munera, delante de unos de los murales pintados por JuangaCedos que reproducen antiguas laborales del campo que se desarrollaban en San Pedro. - Foto: Arturo Pérez

La vega del río Quéjola la divide en dos, algo así como Buda y Pest, pero con un puente más humilde, más acorde con la arquitectura serrana albacetense. En uno de sus barrios, el viejo, se localiza la Casa Consistorial y la Iglesia, en el otro, conocido como Barrio Chino, se encuentra uno de los lugares más singulares del municipio: La Peñica, un antiguo depósito de agua ubicado entre rocas, hoy convertido en un mirador que ofrece un gran atractivo natural, gracias al paisaje de vega y monte bajo atravesado por una cañada.

Hablamos de San Pedro, un territorio perteneciente a la comarca de la Sierra de Alcaraz y Campos de Montiel en el que se instaló el pueblo íbero para crear un almacén de los productos que eran objeto de comercio. Gracias al yacimiento arqueológico de la Quéjola, se habla de la existencia de una alquería para abrevadero de animales, en tiempos de dominio musulmán, que era utilizada por quienes comerciaban entre el sur y este de la Península. Fue el origen de San Pedro, un municipio convertido hoy en referencia para localidades vecinas puesto que cuenta con un importante tejido empresarial dedicado mayoritariamente al sector agroalimentario y de la construcción y reformas. 

José Munera García es el presidente del Club de Jubilados. Pasea por su localidad natal saludando a diestro y siniestro. Lo conocen como Chanete y ha pasado toda su vida en San Pedro, a excepción de los años de juventud en los que emigró a Alicante. Con 22 años regresó porque «me tiraba y me tira mucho mi pueblo» y desde entonces hasta hoy, con 60 años y jubilado, no lo ha abandonado.

Presume de patria chica. Sobre todo porque en San Pedro se puede disfrutar de una excelente calidad de vida gracias a la cantidad de servicios que se prestan en la localidad y a las empresas que siguen confiando en la misma, algunas de las cuales ofrecen oportunidades para el empleo. «Aquella persona que quiera venir a residir a San Pedro puede encontrar trabajo en las fábricas de procesado de ajos o en cualquiera de las empresas que están instaladas aquí», asegura Chanete, quien hace alusión a la gran cantidad de vecinos empadronados, naturales o no de la localidad, que han decidido establecerse en el municipio y trabajar en Albacete capital. «Van y vienen todos los días porque estamos muy cerca».

Miriam Guerrero tiene 42 años y en la actualidad es monitora de actividades deportivas y lúdicas en San Pedro. Tiene sus orígenes en el pueblo, pero nació en Albacete. Con 26 años se casó con un sampedreño y ahí que se instaló. Dice que echa de menos la capital «a ratos», pero le compensa vivir en una zona rural porque valora mucho respirar aire limpio, la naturaleza, la tranquilidad y la cercanía social.

Los sampedreños tienen la posibilidad de acudir a la Casa Consistorial en la Avenida de Castilla-La Mancha, reformada hace unos años, para recibir los típicos servicios de titularidad municipal. Allí también se encuentran los servicios de Correos, servicios sociales, Centro de la Mujer, ludoteca, biblioteca, un salón de actos y otro para la celebración de los plenos y, enfrente, el centro de salud.

Caminando hacia el río Quéjola se encuentra la iglesia de San Pedro Apóstol, una antigua ermita ayutriz que dependió de la parroquia de Pozuelo y de la Diócesis de Cartagena. La nave principal del templo ha sido objeto de numerosas modificaciones, una de las cuales permitió la construcción de una segunda nave para ampliar la capacidad de la iglesia. La Corporación municipal de 1887 se ocupó de los ingresos y gastos para levantar la torre, en la que participó Juan Rufo. En su interior se veneran muchas imágenes, entre ellas, la de San Pedro Apóstol y la Virgen del Pilar, ambos patronos de la localidad, cuyas fiestas se celebran la semana del 29 de junio, en las que se implica todo el pueblo, especialmente a la hora de recrear las carrozas y participar en el desfile, y del 12 de octubre. 

San Pedro también conmemora la festividad de San Isidro Labrador, al ser un municipio eminentemente agrícola, con la Fiesta del Corte para tractores y comida popular. Otro momento cumbre en el calendario festivo de San Pedro se enmarca en la festividad de la Virgen de agosto con la convocatoria del concurso de arroces en el parque de La Fuente, una zona verde que cuenta con agua natural, barbacoas, aseos públicos y casetas que se pueden alquilar para la celebración de eventos sociales.

A lo largo y ancho del casco urbano de San Pedro se distribuyen numerosas empresas dedicadas al sector agroalimentario y de la construcción: hasta tres almacenes de distribución, tres empresas de construcción -«bastante buenas», apunta Chanete-, cerrajería metálica, mármoles, carpintería, dos supermercados, otras tantas carnicerías y panadería, un estanco y dos entidades bancarias que prestan asistencia a una población fija que supera los 900 vecinos, si bien el padrón de San Pedro alcanzaba los 1.171 habitantes a 1 de enero de 2020. Sin embargo, «a diario hay mucha más gente, porque hay trabajadores de otros pueblos de alrededor como Pozuelo o Casas de Lázaro, que no viven aquí pero sí tienen su empleo», aclara José Munera.

Y para no olvidar su pasado, conscientes de que condiciona el futuro, San Pedro se ha decorado en los últimos tiempos con cuatro murales creados por Juanga Cedos, en los que se representan vecinos y vecinas de la localidad realizando labores tradicionales como la siega o la monda del azafrán.

Otros recursos.

Camino de La Peñica, bajando por el Paseo de la Libertad, «el Paseo para nosotros», apunta Miriam, se ubica el centro de día que acoge a más de una veintena de personas mayores y el Club de Jubilados, muy visitado en tiempos de Navidad, ya que montan un belén sobre la reproducción arquitectónica del pueblo, en el que destaca la iglesia de San Pedro Apóstol, algunos oficios del municipio y La Peñica.

En este mismo recorrido se ubica el conocido restaurante Montecristo, un establecimiento hostelero que goza de bastante fama en toda la provincia de Albacete y que se ha convertido en el mayor generador de clientes de las tres casas rurales que se ofertan en San Pedro, alojamientos que según Miriam se ocupan casi todos los fines de semana, fundamentalmente por los eventos sociales que se celebran en el mencionado restaurante, aunque también de aquellos turistas interesados en realizar alguna de las rutas que se pueden recorrer en bici o andando.

Superado el río Quéjola, desde cuya ribera se puede acceder a un parque fluvial, se emplaza la piscina municipal en la que tienen lugar las actividades principales de las fiestas patronales como verbenas, aunque otro punto de encuentro muy común entre los sampedreños es la zona peatonal que cuenta con numerosos establecimientos hosteleros.

Es «en el otro lado», en el mencionado barrio Chino, donde el municipio tiene el parque municipal y las instalaciones deportivas con pista de padel, polideportivo, campo de fútbol, así como el colegio rural agrupado Margarita Sotos, que cuenta con unos 60 alumnos de Educación Infantil y Primaria. No en vano, solo este verano, la ludoteca sampedreña ha contado con 43 niños participantes que, según Miriam, viven una infancia mucho más libre y más segura que en los grandes núcleos urbanos.

«Somos como la pequeña capital de la comarca», presume Chanete, quien relata que en este último año y medio, como consecuencia de la aparición de la pandemia, se está vendiendo mucha vivienda a familias no oriundas de San Pedro, no sólo por la apuesta que han hecho muchos ciudadanos por el mundo rural, sino porque «aquí la vivienda está accesible, es antigua y hay que reformarla, pero los precios son asequibles y los impuestos en el pueblo son más baratos que en las capitales».