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José Juan Morcillo

José Juan Morcillo


Céntimos

23/03/2022

Suelo encontrarme monedas de céntimos en la calle, no las amarillas, sino las cobrizas de uno, dos o cinco, esas ante las que nadie se digna doblar las rodillas para pillarlas. Yo siempre las recojo. Al hacerlo, me imagino a alguien físicamente limitado observando con impotencia la monedita que se le ha caído al meter el cambio en su monedero, o me imagino también que esa humilde pieza de acero molestaría en un bolsillo frecuentemente habitado de billetes y que, por tanto, al caérsele, habría sido despreciada por su dueño, un dueño con posibles y con probables. Estoy convencido de que todos, en algún momento, hemos suplicado por el redondeo de los precios para consumar la aniquilación de estas pequeñas monedas cobrizas hacia las que apenas profesamos aprecio, humildes monedas que ahora se emplean para engrosar una discreta propina, que con añagazas sisan los hijos a sus padres cuando vuelven de la compra o que quedan abandonadas en la acera de la calle cuando se escurren de la mano.

Mi abuelo era electricista y muchas tardes lo acompañaba al taller familiar que mantenía en su antigua casa. Mientras él trasteaba con cables y piezas de radios y televisores de entonces, de los años setenta, aprovechaba yo, cuando terminaba mis deberes, para curiosear por habitaciones y rincones. Un día, en una caja de azófar resguardada en el fondo de un cajón, encontré un billete de veinticinco pesetas de la República rajado en dos. Mi bisabuela, la madre de mi abuelo, era cocinera en una posada y tenía por costumbre cambiar a billetes las frías monedas que recibía como sueldo o los desamparados céntimos que le dejaban como propina. Al terminar la guerra, esos billetes dejaron de tener valor, y mi bisabuela, arruinada y desesperada, los rompió por la mitad en un ataque de ira; mi abuelo, que era un niño, ante tamaña desgracia recogió del suelo uno de esos billetes rasgados y lo guardó, lo guardó hasta el día en que lo descubrí y le pedí que me lo regalara cuando oí esta historia de su boca. Aún lo conservo, claro, y, mientras la espalda me lo permita, seguiré recogiendo los céntimos que la gente desprecia y abandona en las sucias y apagadas baldosas de las calles.

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