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Los pecados de Koeman

Diego Izco
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Ni fue tan 'cruyffista' como exigía el guion ni supo dibujar un Barcelona sin Leo Messi

El preparador neerlandés da instrucciones a sus jugadores durante un partido en el Parque de los Príncipes contra el PSG. - Foto: Gonzalo Fuentes

En aquella pequeña muestra de sociedad del cuento de Monterroso, 10 personas cohabitaban en una casa y todas estaban capacitadas para hacer de todo, pero una de ellas era la que mejor cocinaba, la encargada de las chapuzas, la más hábil con cualquier tarea... Poco a poco, encantada además de hacerlo, fue asumiendo todos los roles. Y las otras nueve vivieron fantásticamente hasta que, agotada, la décima enfermó y murió. De repente, los demás habían olvidado cómo se hacían las cosas y el caos y el permanente enfado se apoderó del hogar porque, sencillamente, no hubo un reparto equitativo desde el principio por mucho que hubiese alguien capaz de aglutinarlo todo. 

Y hasta aquí, la parábola del Barça sin Messi y la absoluta incapacidad de Koeman para organizar un 'hogar' sin el argentino.

Es posible que ni el técnico ni nadie tuviese armas o talento para imaginar siquiera y dibujar después un Barça sin el 'crack' de Rosario. Como en el cuento, Leo hacía y deshacía, condicionaba, armaba toda la ofensiva y los otros vivían fantásticamente porque el '10' era capaz de resolver el partido en dos bostezos. «Siempre recordaré la noche en que Michael Jordan y yo unimos fuerzas para anotar 70 puntos», dijo Stacey King, pívot de los Bulls en 1990, la noche en que anotó un punto ante los Cavaliers. Jordan logró 69. Messi era Jordan en este Barça.

El dibujo

Desde que Cruyff dibujó en las paredes de la cueva azulgrana y Guardiola incorporó aquel trazo a su lienzo, el Barça 'vio la luz'. Iluminados por los años del éxito, todo el entorno culé asumió como válidas e irrenunciables aquellos conceptos tallados sobre el mármol: el 4-3-3, la posesión del esférico como arma 'sine qua non' hacia la victoria, la prohibición del pelotazo impío… Ronald Koeman, para muchos 'puretas', ha llegado con su bote de espray para redibujar la historia: el 4-4-2 o el 5-3-2 como esquemas fetiche, los centros al área (él se empeñó en darle cada pelota parada a Memphis, él se empeñó en fichar el último día de mercado a Luuk de Jong) para un Barça irreconocible.

Dejó tras el 0-3 al Bayern aquello de «es lo que hay» y este miércoles, tras el 1-0 en Vallecas, un enigmático «jugamos bien, pero eso en España no cuenta». Dos frases que chirrían a un barcelonismo menos estricto que el del párrafo anterior, el de andar por casa: futbolistas como Piqué, Alba, Busquets (la 'vieja guardia' a altísimo nivel), Fati, De Jong, el lesionado Dembélé, futuro y presente como Gavi o Nico, Pedri, etcétera, deberían conformar un bloque con más solvencia que para firmar más de un 58 por ciento de victorias, 18 de empates y 24 de derrotas. Teniendo en cuenta que en 54 de los 67 partidos dirigidos para estos números dispuso además de Messi y Griezmann, a Koeman no le llega para el aprobado.

Ahondando además en la primera frase («Esto es lo que hay»), de una forma casi perversa Luis Enrique le hizo un flaco favor: Gavi, Busquets y Eric García tuvieron una actuación estupenda con España en la fase final de la Liga de Naciones. La Roja juega a otra cosa más dinámica, más veloz, más atractiva… y los azulgranas elevaron sus prestaciones. En el Barça, todos parecen perdidos. Sin plan. Y por eso, la segunda frase (lo de «jugar bien») suena tan falsa: pronunciarla después de dos derrotas consecutivas, con el equipo lejos de la cabeza en la Liga y cerca de la eliminación en Champions.

Ciñéndonos exclusivamente al desastre de Vallecas, Koeman no es el culpable de que Memphis fallase el penalti, Gavi no acertase con un remate franco en el último instante, el 'Kun' cabecease fuera a bocajarro o De Jong convirtiese una vaselina fácil en un melonazo, no; pero sí de las formas (las no-formas quizás) en que un equipo intenta sobrevivir a la 'muerte' del tipo que lo hacía todo dentro del hogar. Y quien le sustituya, con Sergi de forma interina, Xavi a medio plazo o el espíritu de Cruyff a largo, deberá ejercer en primera instancia una labor pedagógica en el vestuario: «Escuchen todos: Leo ya se fue», algo que Koeman, al que se le terminó poniendo cara de Van Gaal, no supo transmitir.