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El fin de un imperio

José Iván Suárez
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En 1898, Albacete participó en las últimas guerras coloniales en las que España perdió las posesiones de Cuba y Filipinas

Ilustración de ‘Nuevo Mundo’ sobre la guerra de Cuba. - Foto: Fondo Biblioteca Nacional

Si no hubiera sido por la guerra, nunca hubiese visto el océano. Posiblemente, su vida habría transcurrido entre aquellos empinados cerros, un día tras otro, por 1,50 pesetas el jornal, sacando a la familia adelante. Pero su destino no estaba en el campo. Nuestro soldado anónimo albaceteño no tenía ni cacique que le protegiera ni las 2.000 pesetas que le libraran de la mili. Así, tan joven y sin saber leer, fue llamado a filas y sin apenas darse cuenta, una mañana estaba en el puerto de Barcelona a punto de embarcarse para Cuba. 

«El aire es tan denso, que se sienten enfermar, y prefieren dormir sobre cubierta. Para comer, forman de diez en diez; les entregan un barreño lleno de pasta que trasciende a bacalao – más despreciable que el rancho del cuartel – y nada más», relató Manuel Ciges Aparicio sobre uno de estos embarques en la ciudad condal en 1896. Un año antes, Blasco Ibáñez ya había publicado que «iba entrando en el buque el rebaño gris, la cohorte de desgraciados». Aquel artículo le costó al valenciano unas horas de prisión. Al otro lado del Atlántico, otro literato, José Martí, fue el encargado de armar la insurrección de la isla caribeña para conseguir la independencia de España. Entonces fueron pocas las voces que en nuestro país se alzaron contra la guerra. 

Martí, poeta cubano, hijo de un humilde sargento español, había fundado el Partido Revolucionario. Empresa política que financió gracias a una gira por los Estados Unidos, entre los trabajadores del tabaco de Filadelfia, Tampa o Chicago. El hacedor de versos llegó a Cuba con una edición de bolsillo de Cicerón y una pistola, pero lo mataron muy pronto. Maceo y algún otro, continuaron una sublevación que ya era imparable. Formaron una guerrilla, extorsionaron a los propietarios de las grandes fincas y sembraron el terror. En España ya no se hablaba de otra cosa que la guerra. 

Nuestro soldado anónimo no entendía de política. Eso era asunto de las élites. Los dos partidos dinásticos oscilaban entre las políticas blandas y duras respecto a Cuba. Cuando tocó el turno de la mano opresora, el general Weyler ideó campos de concentración en el mundo rural. Una metodología represora que Ciges narró tal cual: «Llegan en mortal éxodo: los alojan en barracones de guano, al borde de una playa corrompida donde la caballería baña a la bestias. Las calles están pobladas de idéntica sordidez. En unas calderas cuecen ínfimo rancho y dan de comer al reconcentrado que lo pide. Niñas de diez o doce años se rinden, inocentes y pasivas, por lo que quieran abonarles». Por estos modos de guerra, el militar español fuera bautizado por la prensa sensacionalista norteamericana como el carnicero. 

En Albacete, los hechos en Cuba también ocupaban las páginas de los periódicos del momento. En septiembre de 1896, se contaba la otra guerra, la de Filipinas. Así informaba el Defensor de Albacete: «La noticia de la insurrección de Filipinas, propagada rápidamente por el telégrafo, ha llevado el espanto y la consternación a todos los españoles. Todos son males: todo son desdichas. Aún no sofocada la rebelión de Cuba, un grupo de bandidos alzan bandera separatista en el archipiélago filipino y aprovechándose de la triste situación de nuestra querida España, quieren llevar a cabo sus maléficos propósitos. No parece sino que la maldición de Dios pesa sobre nosotros y un día y otro nos castiga con nuevos males». Nuestro soldado anónimo no leía la prensa. Junto a otros de cientos de mozos de la provincia de Albacete alistados en el Regimiento de Otumba, estaba más preocupado por esquivar los tiros de la manigua en Pinar del Río o La Habana, que de los debates en los periódicos. Más le asustaba el vómito, el paludismo o la tuberculosis, que las algaradas que los plumillas vertían en sus artículos. La realidad era la muerte y el barro de los pantanos. 

Pobreza. Mientras en aquella España de fin de siglo, la mayoría nadaba en la miseria y muy pocos vivían despreocupados en el teatro, los toros o en los frontones; Estados Unidos era ya una nación ambiciosa que había comenzado a expandirse. Por eso, a finales del siglo XIX, ya guerreó contra México y le compró Alaska a Rusia. Esta misma estrategia inversora se intentó usar con Cuba, pero la regente María Cristina nunca quiso vender una de las provincias más ricas que poseía España. La gran mente política de la Restauración, Antonio Cánovas, solía decir que «hasta el último hombre y la última peseta». Su última palabra la dio en agosto de 1897. Cánovas fue asesinado en el balneario de Santa Águeda. Sagasta tomó el mando del ejecutivo español y otorgó la autonomía a Cuba. Ya no había marcha atrás. Según el historiador Raymond Carr, «las pocas reformas que se realizaron llegaron a Cuba demasiado tarde para que la autonomía pudiera poner coto al separatismo». 

Es más, a principios de 1898 los magnates de la prensa norteamericana, Hearst y Pulitzer, presionaron desde el Journal y el World para que el gobierno de los Estados Unidos declarara la guerra a España. Convirtieron rumores en noticias, ofrecieron falsas entrevistas, llenaron las páginas de ilustraciones, fotografías y grandes titulares, transformaron el lenguaje, dramatizaron. En resumen, si no inventaron la prensa sensacionalista, la llevaron a su cumbre más alta. Tanto es así que Hearst, personaje en el que se inspiró Orson Welles para su Ciudadano Kane, le dijo a uno de los ilustradores que envió a Cuba, cuando este le comentó que regresaba pues no había agitación, «tú dibuja, que yo pondré la guerra». 

El soldado anónimo albacetense cayó enfermo. A miles de kilómetros, en Albacete, como en el resto de España, el fervor patriótico inflamaba los corazones y se realizaron colectas, corridas benéficas y manifestaciones de alegría como las que se celebraron en varios pueblos de la provincia al conocerse que había sido abatido el líder insurrecto, Maceo. Cuando en febrero de 1898, el buque Maine se hundió en las aguas frente a Santiago de Cuba, la guerra ya estaba puesta. Aunque se dedujo que fue un accidente de combustión, se culpó a España de la muerte de 264 marineros estadounidenses y el 23 de abril, el presidente McKinley dio un ultimátum de tres días a nuestro país. Hasta Búfalo Bill y su tropa de circo se apuntaron a la aventura. Poco importaba ya que España hubiera sido decisiva en la independencia de Estados Unidos a finales del siglo XVIII con el intrépido Bernardo de Gálvez. 

Ahora eran países enemigos con fuerzas desiguales. La gran prensa española trató de alentar el honor como excusa para la locura. Sin embargo, en Albacete, el honor no daba de comer. El precio del pan subió y hubo motines en Caudete, Villarrobledo o Almansa. En mayo se decretó el estado de guerra en toda la provincia, mientras en Ultramar, Cervera se encaminaba al desastre definitivo. 

La doctora en Historia Contemporánea de la UCLM, Matilde Morcillo Rosillo, contó en un artículo que Albacete se volcó con la causa y reflexionaba: «a decir verdad, la opinión pública dio muestras de una ignorancia manifiesta sobre la situación real y de un planteamiento más romántico y apasionado que realista del problema ultramarino». La tragedia se consumó el 3 de julio. El propio Cervera tuvo que salir nadando tras perder toda la flota ante Estados Unidos. Un militar norteamericano, Waineright, recordó un tiempo después la detención del almirante español: «Al ver que el anciano caballero no tenía puestas más que su ropa interior chorreando agua, me sentí culpable». España perdió Cuba, Filipinas y Puerto Rico y su imagen quedó lastimada para siempre. Se quedó sin pulso, como dijo Silvela. Aquel inmenso imperio que comenzó a forjarse el 12 de octubre de 1492 desapareció para siempre. 

Según han cifrado, en un exhaustivo estudio, los investigadores Enrique de Miguel Fernández-Carranza, Raúl Izquierdo Canosa y Fco. Javier Navarro Chueca, con 794 fallecidos para una población de 237.000 habitantes, Albacete fue una de las provincias con un porcentaje más alto de víctimas en Cuba. En algunos pueblos como La Recueja, Nerpio o Bogarra, la incidencia aún fue mucho mayor. Estos autores han homenajeado y dado nombre a aquellos jóvenes albaceteños que perdieron la vida tan lejos de casa. Nuestro soldado anónimo consiguió regresar a España.

«Las bodegas de popa y proa vienen atestadas de soldados enfermos y heridos. La guerra devuelve su sobrante: palúdicos, disentéricos, tuberculosos, amputados. Sin esperanza de salvación en su mayoría, todos vienen en demanda de regazo patrio», escribió Ricardo Burguete. Pocos encontraron el acomodo que merecían. En Albacete, se instaló un hospital en la Feria, otro en Chinchilla y una farmacia de Tarazona de la Mancha dio medicamentos gratis durante cuatro meses a los repatriados. El Ayuntamiento de la capital donó ropa sobrante de la banda de música y la Diputación dispuso de cincuenta camas. A primeros de noviembre de 1898, llegó a la ciudad el primer tren especial con 71 militares enfermos. Uno de ellos, nuestro soldado anónimo. Sobrevivió a la grave enfermedad y a pesar del drama, nunca llegó a cobrar pensión del Estado. Miles de soldados anónimos acabaron mendigando en las grandes ciudades. España olvidó a sus héroes y la depresión terminó por enterrar cualquier ingenio de grandeza.