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Laura Díaz-Perona: «Los insultos dejan de ser palabras y se convierten en puñales»

Ana Martínez
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Laura Díaz-Perona sufrió acoso escolar durante cinco años. Ahora cuenta su relato en un libro y prepara un cortometraje

Imagen en la que se reclama poner coto a este tipo de violencia hacia los jóvenes. - Foto: MANUEL TALAYA

Laura ha vivido el horror del bullying. Aislamiento, anorexia, bulimia, soledad... fueron las nefastas consecuencias de cinco años de tormento que comenzaron con el típico mote que siempre hemos normalizado, bajo la excusa de que esta práctica es habitual entre los adolescentes.

El acoso que sufrió ha marcado tanto su vida que hoy Laura -afortunadamente recuperada- está protagonizando una campaña contra el acoso escolar para visibilizar los efectos que produce sobre niños y jóvenes estos perversos métodos que la mayoría de ocasiones no se atajan en los centros educativos.

Todo empezó cuando Laura Díaz-Perona Rodríguez pasó de Educación Primaria a Secundaria, lo que la obligó a cambiar de centro. El error fue matricularse en uno concertado, no por esta particularidad, sino porque de esa forma fue «la nueva», ya que los centros concertados ofertan desde Infantil a cuarto de Secundaria, por lo que es lógico que una misma clase esté junta durante 13 años.

El mote distorsionó todo. Le pusieron la Parra porque un día en clase la pillaron abstraída, mirando al infinito. Así comenzó el suplicio. Laura se convirtió en blanco fácil de la crueldad de los niños, empezaron a meterse con su peso a pesar de que no estaba obesa, pero tampoco delgada. «Yo no me maquillaba -relata-, iba a clase con la cara lavaba y mi pelo bien peinado».

Sin embargo, no pudo con los improperios y las ofensas de las que era objeto. Se obsesionó tanto con su peso que empezó a adelgazar y fue diagnosticada con bulimia y anorexia. «Cada vez me hundía más y más, me quedé muy sola, no conocía a nadie y los que no me atacaban no se querían acercar a mí por miedo a que les pasara a ellos también».

Cierto es que en el entorno escolar había alumnos y compañeros que no le seguían el rollo a los agresores, pero tampoco lo denunciaron ni se lo comunicaron a docente alguno para evitar que el acoso se trasladara también a ellos. «Esto siempre sucede así».

Su día a día era un verdadero infierno. Se enfrentaba constantemente a insultos y mofas por parte de sus compañeros. Hasta intentaron tirarla por las escaleras. Le pegaban chicles y grapas en el pelo hasta tal extremo que se lo tuvo que cortar. «Me llegaron a acorralar en medio de la calle para darme empujones, bofetones...» Depresión, fiebre, angustias..., síntomas que Laura somatizaba ante la angustia que estaba viviendo.

Ni siquiera logró amainar a las fieras cuando cuatro compañeras en su misma situación intentaron hacer grupo para demostrar que no estaban locas, ni eran unas apestadas ni unas frikis, ni raras..., pero la moneda dio la vuelta y al final el grupo de chicas fue motivo de más burlas y ofensas.

Laura no fue capaz de contárselo a su familia porque creyó que no le iba a dar importancia ni la iba a creer:«Con esa edad, a los padres los vemos como nuestros enemigos y estamos muy equivocados». Como no podía más decidió pedir ayuda a la orientadora del centro educativo. Su respuesta no pudo ser más sorprendente: «Me dijo que si todos se metían conmigo es porque yo habría hecho algo; me echó la culpa y lo seguí ocultando».

La suerte se le apareció en forma de profesor. Un docente se percató y se sorprendió de su estado físico y se puso en contacto con su madre, que la acompañó a Atención Primaria. Fue su progenitora la que empezó a indagar las causas de su extrema delgadez, de su bulimia, de su anorexia..., hasta que Laura ya no pudo más con este lastre y le contó todo a su madre.

Una vez más, la orientadora le comentó a la madre de Laura que la joven era en parte responsable de este acoso escolar, dado que optaba por aislarse en el patio, poniéndose los cascos para leer. «Mi madre les exigió una solución, pero ella siguió insistiendo en que el problema era mío, por lo que mi madre decidió sacarme de ese centro».

El día que esto ocurrió se terminó todo. Accedió a un nuevo centro con Educación Secundaria donde la acogieron con mucho cariño y apoyo, incluso «había compañeros que habían sufrido lo mismo que yo y nos apoyamos unos a otros».

Recuerda perfectamente cómo al salir de la puerta del centro que consintió este acoso se prometió a sí misma, a su madre y a una sobrina suya que nunca más iba a permitir que siguiera habiendo casos como el suyo, «que me iba a hacer fuerte como así he hecho con el paso del tiempo y con el apoyo incondicional de mi madre». Lo más insólito, lo más increíble, lo más doloroso y lo más humillante es que, a día de hoy, todavía Laura recibe insultos de sus antiguos compañeros cuando se los cruza por la calle.

En la actualidad y con 23 años de edad, Laura Díaz-Perona Rodríguez trabaja de cara al público en una clínica dental y está encantada con su vida. Compagina este empleo con la campaña Cicatrices, una exposición de 15 fotografías realizadas por Manuel Talaya, con las que trata de reflejar y divulgar la situación interior que padecen las víctimas de bullying. Acompañadas por un relato breve, cuyas frases se han extraído para acompañar a las fotografías, Manuel Talaya ha logrado una colección de imágenes oscuras e impactantes, con Laura como modelo, con las que ambos quieren mostrar que una víctima de acoso escolar puede perder la vida en un segundo, como le ocurrió a Diego, el niño de 11 años de Leganés que decidió arrojarse por la venta de su domicilio.

El proyecto de Laura Díaz-Perona y Manuel Talaya va mucho más allá. Se encuentra en la elaboración de un libro en el que relatará su historia con más detalles para que niños y adolescentes puedan entender lo que es el bullying, contado desde un igual. La publicación, según avanza Laura, incluirá una serie de fotografías nuevas. Asimismo, tiene intención de rodar un cortometraje que visualmente impacte a los espectadores para que ayude a las víctimas a salir del agujero. «Quiero centrar esta historia en las víctimas, que somos las que verdaderamente sufrimos el acoso escolar».

Pasados los años y con la perspectiva obvia del tiempo, Laura Díaz-Perona Rodríguez desvela los diferentes errores y fallos que siguen sosteniendo el acoso escolar. Lo primero y principal, «este problema no se trata suficientemente en los centros; las consecuencias de este fenómeno deberían estar más plasmadas en el día a día y no limitarlas a una charla en todo el curso», opina esta joven albacetense, quien insiste en la necesidad de que las tutorías trabajen diariamente en la prevención del bullying, incidiendo en las consecuencias negativas que provoca y haciéndoles saber que si bien hay niños y jóvenes que lo superan, «otros se suicidan o sufren trastornos psicológicos muy fuertes».

Lo peor para esta joven es que en los propios colegios e institutos llegan a defender que los insultos no son más que palabras que se pueden ignorar, pero «hasta cierto punto, llega un momento en que los insultos dejan de ser palabras y se convierten en puñales». Además, «no tienen en cuenta que un acosador sin tratar puede ser un futuro maltratador».

Para Laura, otro error es que ni en colegios ni institutos -como epicentros del maltrato psicológico entre iguales- promueven actitudes como la empatía, la autoestima y la importancia de aprender a quererse a sí mismo. «Falta educación emocional en las aulas».

A todo esto habría que sumarle el aprendizaje de madres y padres, ya que la detección del acoso escolar en casa es fundamental para evitar que vaya a más. De hecho, «hay padres que se pueden dar cuenta y otros no percatarse de nada, porque los niños no tienen la misma actitud en un colegio que en sus casas». Insiste en que los acosados no denuncian estas prácticas por miedo a que «vayan a más», por miedo a que «no los crean» o por pensar que la gente «se va a creer que se lo está inventando para llamar la atención».