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Pilar Gómez

MIS RAZONES

Pilar Gómez


Así que pasaron cinco años

03/10/2022

Un lustro se cumple ahora del momento más abrupto y delirante del denominado procés, un intento fallido de golpe al Estado en Cataluña que derivó en una sucesión de situaciones extremas y quizás repetibles. Un referéndum ilegal y fallido, la aplicación del 155, el discurso más importante de Felipe VI, la prisión para los cabecillas de la asonada, el indulto, la progresión de Ciudadanos, la aparición con fuerza de Vox. Todo cuanto ha ocurrido en la política española estos últimos cinco años tiene relación directa con lo vivido en aquellas jornadas catalanas de octubre de 2017. La caída de Mariano Rajoy y el Partido Popular, la llegada de Sánchez por la puerta trasera, sus acuerdos con los enemigos de la Constitución, su deriva inaudita y absolutista. El cambio de España, en definitiva, la desaparición del espíritu de la Transición y la demolición de una forma de convivencia cívica.
Vivimos ahora vientos de cambio, un horizonte de mudanzas empieza a divisarse en formas muy diversas. En Cataluña, por ejemplo, los secesionistas, arrebatados por el ansia de poder, están sumidos en una guerra fratricida que quizás degenere en nada. En el resto de España, el latido de la crisis económica sacude los cimientos del equipo gubernamental, incapaz de afrontar la situación con un mínimo de coherencia y sensatez.
Hemos entrado en un periodo preelectoral que se adivina demasiado largo y fatigoso, en especial si se piensa en la situación de angustia en la que está sumida buena parte de la sociedad española, asfixiada por una situación a la que no se ve salida. Pedro Sánchez, alejado como siempre del drama, busca la fórmula de reforzar su aparato de propaganda para recuperar el pulso en los sondeos, ahora muy desfavorables. El principal partido de la oposición se fortalece, supera las tormentas de los tiempos de Pablo Casado y, guiado con mano certera por Alberto Núñez Feijóo, se dispone a aterrizar en las normas municipales y autonómicas del mes de mayo con una prudente confianza, convencido de que saldrá bien parado en esa apuesta.
Lamentablemente en Cataluña no cabe confiar en que vayan a cambiar las cosas. El nacionalismo más perverso ha prodigado una cizaña difícil de extirpar, una prédica rebosante de toxicidad, un régimen reaccionario, xenófobo y perverso. La educación en manos del separatismo ha alimentado en el odio o en desapego a varias generaciones de catalanes a quienes se les ha contagiado la idea de que España es su enemigo o, sencillamente, es un país vecino que tan sólo pretende el saqueo de Cataluña. Será menester la confluencia de un empeño común y compartido por todas las fuerzas constitucionales, las habidas y las por haber, para intentar frenar la actual deriva independentista y recuperar el estado de Derecho en una región en la que no se cumplen las leyes. Una Cataluña de ciudadanos libres e iguales, respetuosos del marco jurídico, esforzados en la convivencia democrática se antoja, cinco años después de todo aquello, un objetivo imprescindible pero, por ahora, inalcanzable.