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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Una Navidad para olvidar

10/01/2022

A los gobernantes españoles, salvo rara excepción, se les puede aplicar el viejo dicho de Ramón y Cajal: «Casi todos los males de pueblos e individuos dimanan de no haber sabido ser prudentes y enérgicos durante un momento histórico, que no volverá jamás». Desde Rocroi, somos especialistas en perder batallas, en aliarnos con los perdedores y en ser víctimas de una miopía muy propia de gentes soberbias e imprudentes.
Tener una batalla ganada y al final perderla por un quítame allá esas pajas es algo muy propio de nuestro carácter, como el cantar victoria antes de tiempo. Nos mata la vanidad, la imprevisión y el atolondramiento, por no hablar de nuestra falta de perseverancia. Mis lectores recordarán sin duda aquel nefasto día en que Zapatero anunció a bombo y platillo que «jugábamos en la Champion; que le habíamos ganado la partida a Italia, y que ahora íbamos a por Francia». Su fanfarronería no tardó en pagarla ( y nosotros con él) ya que, al cabo, la Historia nos puso en nuestro sitio. Ignoraba Zapatero (que, por cierto, sigue dando lecciones) que lo esencial en la vida es hacer, no decir; y que lo que haga tu mano izquierda no tiene por qué saberlo la derecha.
El presidente Sánchez, que también acostumbra relamerse a la hora de hacer balances, como pudimos observar hace unos cuantos días, en vez de esperar a que sean los demás quienes le pongan la correspondiente nota, se hartó de repetir a mediados de noviembre que «le habíamos ganado la batalla a la Covid», un gesto triunfalista muy alabado y con razón. Estábamos, por primera vez desde que empezó la pandemia, en una situación envidiable; éramos el orgullo de Europa y bien podíamos sacar pecho, con un coeficiente  casi residual de 40 ó 45 infectados por cien mil. Surgió entonces en Sudáfrica la variante ómicron, de la que, en un principio, sólo se sabía que era muy contagiosa. Se imponía tomar medidas en vista de nuestro carácter lúdico y confiado. Pero, claro, eso suponía enfrentarse a su bête noire, la señora presidenta de Madrid (muy calladita, por cierto, estos últimos días, esperando sin duda que amaine para salir con una de las suyas: «¿A quién responsabilizará del desastre esta vez?»), y aunque incluso el lehendakari vasco y el ínclito president de la Generalitat se lo pedían, Sánchez, perfectamente mal aconsejado y peor iluminado, se pasó «con armas y bagajes» al bando de Ayuso, y así, en otra de sus típicas fintas, donde dije digo, empezó a decir diego, y, sin pizca de rubor, anunció que «teníamos que aprender a convivir con el virus para salvar la economía» (justo, justo el argumento de la presidenta de la Comunidad de Madrid).
Lo que ha ocurrido, tras el puente fatídico de la Constitución, y la Navidad, es un contagio sin parangón, calificado por los expertos de «auténtico caos». Las cifras, pese a la vacunación incesante, incluso a los niños, son  de auténtico escándalo (cada día en España se contagia un número semejante a la población de Albacete capital). Definitivamente vencidos por el Covid, nos unimos a la política de los perdedores (Reino Unido, Francia e Italia) que, rendidos a la evidencia, apuestan por el contagio general, en vista de que este ómicron es tremendamente contagioso, aunque no tan grave, en especial con los vacunados con tres dosis. Un modo de alcanzar la ansiada inmunidad de rebaño. Y todo ello ante la mirada de asombro del nuevo canciller alemán, o de los orientales, que han luchado, con medidas concretas, para superar esta sexta ola. Y, en esas estamos, con cifras diarias de muertos que superan, con mucho, el centenar y sobre los que se ha hecho un pacto de silencio, como si no fuera con ellos. Y ya son muchas las voces que aquí y allá exigen responsabilidades ante esta dejación vergonzante. Y así vivimos, a base de vacunas, mascarillas y mala leche, porque si para esto sirven los casi cincuenta por ciento más de asesores nombrados por el Gobierno de Coalición, o las diecisiete Consejerías de Sanidad y el Ministerio del ramo, yo prefiero navegar solo, aunque sea a contracorriente, leyendo a Montaigne y a Ramón y Cajal.