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Ramón Bello Serrano

Ramón Bello Serrano


Parsimonia

22/01/2022

Hay tres actividades que me procuran claridad de mente -a la mente hay que darle su espacio, no apremiarla y ser decoroso-. Son tres actividades distintas -aunque no muy distantes- y que detallo y nombro ya: dormirme con Chesterton, correr en solitario y matar el tiempo en las librerías de libros usados. Con Chesterton me dejé convencer, renuncié a entenderle del todo, me allané a su preceptiva e hice como el hombre que no sabe nadar: me eché al agua buscando cualquier socorro, hasta que pasado un tiempo, el mar de Chesterton me acunaba y reflotaba; me facilitaba recursos y me daba libertad de rumbo -y esa libertad te ampara para irte de la lectura (aunque no del todo) a tus cosas e ir volviendo a la prosa, divisar puerto o la certera luz del faro-. Y en esas condiciones uno entiende cada vez mejor a Chesterton -y a veces anhelo su prosa más difícil (por paradójica) para pensar con mayor claridad-. El paseo por los libros usados es muy similar a Chesterton -la regla la impone esta otra mar- pero una vez que a la mente le das su espacio, puedes ejercitarte en disciplinas de interés: distinguir las bibliotecas saldadas por su calidad y ex libris -hay sellos engolados o una mera rúbrica- y buscar en sus páginas estampas de Cristo o de santos a los que encomendar peticiones domésticas, recordatorios de primera comunión, fotografías del padre (quizá la viuda o el hijo la dispusieron para señalar una u otra página) o un recibo del pago de una letra aceptada, al lado de una esquela; otros afanes lo son veniales -o quizá no tanto-; remirar aquellas Biblias que se saldaron sin arrancar el nombre de sus dueños (hallé una Biblia que en su página de guarda, como a fuego y en círculo, había escrito, «Mateo 8,22», y la compré con cierto temor); y está la travesura de comprar los libros de los amigos que llevan impresa la dedicatoria (siempre son hombres) y que han sido saldados por ser un fastidioso estorbo -también compro los míos-; y llegué a remitírselo por correo certificado, sin tarjeta, al que había saldado mi libro dedicado -y me lo cruzaba a menudo por la calle-; y hasta un día hablamos de libros, como si la devolución jamás sucediera. Y luego está el correr solo -acompañado de la navaja de Ockham- que remanece la parsimonia olvidada.

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