Juan José Morcillo


Tendederos

02/09/2020

El aire de la ciudad ha vuelto a ensuciarse en las últimas semanas de tal manera que, cuando recogía la ropa de los tendederos, esta olía a inmundicia. La pestilencia de la tela era nauseabunda; no sabría describirla con precisión. Sería algo parecido a una mezcla de la peste de los contenedores orgánicos con algo inorgánico y enfermizo. Creo que la maldad debe de oler así, la maldad o el hedor de la pandemia y el del miedo mezclados en una emponzoñada redoma carcomida por el sol de agosto. Asusta pensar que ese aire que ensucia mis prendas es el mismo que contaminaría mis pulmones y mi sangre de no ser por mi mascarilla, por este pedacito de tela agarrada a mis orejas que me aísla de algo más que de los virus. Ya no uso el tendedero; ahora, mi ropa, húmeda y aromatizada, recién sacada de la lavadora, la tiendo en los apagados radiadores y el aire de mi casa se ensancha de un perfume de mar y lavanda.
Asociamos los tendederos colmados de ropa limpia con la pureza, con la felicidad, con la vida. Es una asociación emocional, irracional, que desde la literatura más antigua hasta la cultura más actual nos ha sido transmitida. Esas sábanas blancas colgadas al viento, entre las que juguetean niños o se besan, protegidos de miradas indiscretas, dos jóvenes; esas prendas con olor a limpio que cuelgan de balcones con macetas de geranios y alhábega y de cuyos alféizares se desprende una música calmada y un olor a comida de casa. El cine y la literatura rasgan o manchan la limpieza y la serenidad de estas prendas tendidas para acentuar un crimen atroz, para enfatizar una calamidad irreversible.
Pero los tendederos exhalan un aire grotesco cuando están vacíos. Parecen las sogas desgastadas de las que colgarán nuestros propios cuerpos encarnados en camisas, pantalones, vestidos y ropa interior, de las colgarán las sábanas que como sudarios nos envuelven todas las noches, las mascarillas que atrapan nuestro aliento y que parecen ánimas cautivas, mariposas de tela ensartadas en el alambre por una pinza que también se ensucia, como todo, con este aire infecto que apesta a muerte y a miedo.