Antonio García


Miguel Bosé

24/08/2020

Pobre Miguel Bosé, devenido de amante a bandido, de super superman a don diablo -y su aspecto actual no contribuye, la verdad sea dicha, a apartarlo de esa advocación satánica-, víctima de linchamiento tan solo porque no ha sabido contener la labia, acusado injustamente de bocazas cuando en esta situación pandémica no hay quien no lo haya sido, empezando por nuestro presidente que en los albores de la crisis se descolgó con una «moral de victoria», hasta don Fernando Simón, el más bocazas de todos porque lo lleva en el cargo; desde los tertulianos televisivos, convertidos de la noche a la mañana en avezados epidemiólogos, a los del común que han establecido una formidable tertulia a pie de calle, todos largando sin parar sobre lo que no saben, sobre lo que no sabe nadie, incluyendo a los expertos que se contradicen, avanzan a tientas y nos tienen mareados de abuso de información que a la postre es desinformación. Negacionistas y legalistas son dos caras de una misma moneda, unos no se creen nada y otros se lo creen todo, pero a los dos les une la superstición de creer una sola verdad, la suya, sin matices intermedios. El «ancha es Castilla» de unos y el «vivan las cadenas» de otros hace impracticable cualquier entendimiento. Sería deseable encontrar un punto de intersección entre ambos extremos; no renegar del virus pero sí pensar que se han desproporcionado las medidas de prevención; o defender que una libertad con riesgo siempre será preferible a una esclavitud saludable. Entre la opción de llevar bozal las 24 horas del día y no llevarlo nunca está el prudente término medio de bajárselo un poquito, de vez en cuando, para razonar.