Ramón Bello Serrano


Mano a mano

17/10/2020

La última vez que sostuve una conversación mano a mano lo fue con un magistrado. Acabábamos de comer (era un acto oficial) y de manera casual nos reclinamos en unos sillones que daban a una terraza, en los salones del Hotel Santa Isabel. Recuerdo que el magistrado encendió un Montecristo del 5 (yo lo hubiese encendido de otro modo -seguro que mejor-) y hablamos durante dos horas de modo reposado, dándonos en la conversación tiempo para nuestras pausas, recordando asuntos familiares, de las cosas bellas de este mundo y del gozo de vivir. De esas conversaciones se tienen muy pocas, suceden al acaso, tienen su propia ordenación, no sabes el porqué de su ocurrencia, no pueden prepararse de antemano ni elegir al otro, acontecen y eso es todo. Son conversaciones mano a mano de las que resta una memoria muy vívida -y son tan excepcionales que ya no deseamos seguir conversando con el otro (en este caso el magistrado) en otro instante tan cercano, para aquilatar en el recuerdo aquella sobremesa en que dos hombres se sinceraron -yo observaba el Montecristo y añoraba cuando, junto a don Manuel Cuartero, paseábamos el amplio rellano de la Audiencia Provincial, fumando una media corona de Romeo y Julieta; o el día que bajé de mi despacho con unos lanceros Cohíba para don Joaquín Íñiguez; y recordé mis humidores y cómo debí dejar el gran tabaco de vuelta abajo; y los cigarrillos hebra, que no pueden fumarse de cualquier manera, el hombre es incapaz de medida y el exceso provoca renuncias forzadas-. Fue una conversación serena donde todo coadyuvaba al éxito -el modo de beber el café, la forma de apoyar los antebrazos en los sillones, el modo en que el sol de otoño iba recortando la terraza, el lenguaje verbal, no por medido, menos categórico-. Tomé un segundo café y el magistrado una botella de agua mineral con gas -la fuma iba acabándose-y entramos en algunos detalles, no desordenados, correspondiendo franqueza por franqueza -aunque me cuidé, por respeto, de quedar siempre a resguardo-; la conversación había nacido a su instancia y la diligenciaba sin reparo alguno de mi parte. He recordado aquella conversación, no sólo por la celebración en sí -la Fiesta Nacional- y mucho por la paradoja vital. Y en menor medida por el tabaco cubano del que Cabrera Infante escribió tanto.