Juan José Morcillo


Melona

23/09/2020

Para Matías

El calor residual de comienzos del otoño, acompañado por el estridor ronco y seco de las últimas chicharras como el golpeteo de una carraca vieja y deteriorada por el uso, invita a seguir disfrutando de ensaladas generosas en lechuga, de gazpachos y de frutas veraniegas. A veces, cuando viajo por carreteras nacionales y comarcales, paro el coche junto a un puesto de venta ambulante y compro varios melones y sandías que, al llegar a casa, mantengo frescos en el suelo de mi despensa, sobre unos cartones. Mi padre hacía lo mismo, y de él me ha quedado esta herencia. De pequeño, él traía el coche tan cargado de estas frutas que los amortiguadores traseros se prensaban hasta tal punto que emitían lamentos de acero fatigado cuando las ruedas entraban en un bache. Yo le ayudaba a descargar el botín y lo guardábamos en la umbrosa caseta del hortelano. En ella, zangoloteaba una vieja y sucia ventana de hierro, algo desprendida del marco, de cristal traslúcido y abollado, en cuyas esquinas acumulaban polvo abandonadas telarañas, pero el aire que por ella entraba refrescaba lo suficiente para conservar durante varias semanas las jugosas piezas de fruta. Entrañables tiempos aquellos en los que vivía en el campo, jugaba a la intemperie y enriquecía muchas horas de ocio observando los efectos mudables de la Naturaleza, libre de angustias, de prisas, de pantallas de luz azul y de pandemias. 
Me apasionan las sandías. Mi amigo Matías, que sabe de mis gustos, me trajo del pueblo hace unos días una melona, que, ya que el Diccionario de la Lengua Española no lo recoge entre sus páginas virtuales a pesar de ser un vocablo correcto y de cierta edad, debo aclarar que es una sandía de piel rayada, enorme -de un peso mínimo de nueve kilos- y ovalada como un melón, de ahí el nombre.
Hacía muchos años que no probaba una, desde que mi padre trajo las últimas en el maletero de su coche. Y al abrirla esta semana y probarla, su carne rojiza, dulce y suave me ayudó a evadirme de un presente detenido en la tiniebla de la angustia y del pesimismo y a regresar a los días que aún conservo en mi memoria frescos y jugosos de luz.