En la situación en la que nos encontramos, el Gobierno central debe ayudar a todos los ciudadanos por el mero hecho de serlo. Sin embargo, en esta pandemia hay un sector dejado de la mano de Dios. Me refiero al taurino, pero sobre todo a los profesionales taurinos que prácticamente no tuvieron ningún festejo esta temporada y, lo que es más sangrante, les deniegan una y otra vez las ayudas de los ERTE. Al ministro de Cultura ya ni se le espera y la de Trabajo se dedica a marear la perdiz cuando se le pregunta por el asunto. Eso sí, pone el grito en el cielo cuando un grupo de profesionales del toro, desesperados, le hace un escrache en las calles de Toledo. Y es que no me refiero a las grandes figuras que ganan miles de euros cada tarde, me refiero a profesionales anónimos que lograban llevar a su sueldo digno, no eran millonarios y ahora empiezan a estar en una situación extrema: sin ingresos desde hace meses y con una familia por mantener.
El Gobierno no puede seguir con su mirada hacia el lado opuesto, porque no puede dejar en la estacada a miles de ciudadanos que cotizaron a la Seguridad Social como cualquier otro trabajador y que tienen los mismos derechos que cualquiera. Seguro que empezarán a llegar a los tribunales demandas para reclamar los servicios negados y a buen seguro que las sentencias también empezarán a llegar de forma favorable para los profesionales taurinos, porque es una injusticia y, más si cabe, cuando el Gobierno no para de hacer alarde de no dejar a nadie por el camino y, a las primeras de cambio, por cuestiones ideológicas, condenan a los profesionales taurinos al ostracismo. Y a eso sí que no hay derecho.