Óscar Dejuán


El avestruz

05/04/2021

Dicen que el avestruz entierra la cabeza cuando se siente amenazada. Ojos que no ven, peligro que desaparece. Enterrar la cabeza, renunciar a pensar, es también la táctica de los negacionistas, una especie que está proliferando en diferentes ámbitos de la vida humana. Lamentablemente los problemas no desaparecen por simple negación. Tampoco sus secuelas: se ensañan con los negacionistas y dañan a la sociedad.
Están los negacionistas de la pandemia y de la necesidad de vacunas. Es evidente que todavía hay muchas incertezas sobre la transmisión del coronavirus y de los efectos secundarios de la vacuna. Pero no menos evidente es que existe una pandemia y que la vacuna es el mejor de los medios que tenemos para no infectarnos y no infectar. 
Están los negacionistas de un cambio climático peligroso para la vida en la tierra. La evidencia científica es lo suficientemente fuerte como para aceptar la realidad de un cambio climático, su relación con la concentración de CO2 en la atmósfera y la aceleración de las emisiones de CO2 tras la Revolución Industrial. Limitar esas emisiones es un acto de responsabilidad. Urgente tanto a nivel personal como colectivo. 
Están los negacionistas de la dignidad de la vida humana y de la propia vida humana. Para justificar el aborto o la eutanasia hay quien afirma que el feto no es un ser vivo o, de serlo, se trataría de una vida no humana. Otros niegan valor a la vida de un anciano postrado en el lecho y clasifican la eutanasia entre las causas de «muerte natural». Unos y otros se resisten a reconocer que una vez legalizado el aborto y la eutanasia, su práctica se acelera por causas que nada tienen que ver con aquellos casos extremos que se esgrimieron para justificar la ley.
Así viven y mueren las avestruces.