Antonio García


Los feligreses

05/04/2021

Pese a las restricciones que han imposibilitado este año la celebración de la Semana Santa, los feligreses han hecho cola en muchas capitales españolas para rendir homenaje a sus cristos y dolorosas. En los mismos días, otros feligreses no menos devotos hacían cola para ponerse la vacuna. En realidad las dos manifestaciones obedecían a una sola superstición, cambiando el móvil. Unos fiaban en la divinidad y otros en la ciencia. El miedo de unos al infierno tan temido, de cuya existencia de no hay pruebas concluyentes, se corresponde con el miedo de otros a un infierno del que ya empezamos a tener pruebas y que no requiere de tránsito alguno porque está entre nosotros. No hay certeza probada de que ninguno de los dos ejercicios de fe vayan a garantizarnos la salvación, pero en eso consiste precisamente la fe, que unos enfocan en el más allá y otros en el más acá, y que en ambos casos es una fe de carboneros prestos a asumir sin cuestionarlas ciertas verdades, ya las dicte un catecismo o una organización mundial de salud. A lo sumo la vacuna podrá prevenir una muerte específica por coronavirus, pero no nos libra del azar de una muerte súbita o accidental, ni servirá para futuras pandemias, mucho menos la que ya se anuncia del calentamiento global, para la que no existe más cura que la sensatez, virtud que ninguna ciencia ha logrado inocular. Es cierto que a la cola pasional se pone uno voluntariamente, sin distingos de edad, mientras que la cola sanitaria, con cita previa, tiene una parte impositiva que estigmatiza al que la incumple. En la simbología cristiana el pueblo fiel se ve como rebaño. Esta condición es más explicita si cabe en los receptores de vacuna, cuyo pinchazo no puede dejar de verse como una marca de ganadería.