Antonio García


Perimetral

02/11/2020

Nada como una buena pandemia para ampliar nuestro vocabulario. En la primera ola, que pensamos que sería la última, aprendimos lo que era la «distancia social» -nada de diferencias entre ricos y pobres, sino un metro y medio entre cuerpo y cuerpo-; nos empapamos, literalmente, de gel «hidroalcohólico», le dimos un nuevo giro al «doblar la curva», ya no exclusiva tarea de pilotos, o reflotamos «cuarentena» y «confinamiento», que estaban confinadas en el arcón de palabras poco usadas. De «coronavirus», la estrella del lote, nos cansamos pronto para sustituirla por Covid. La «inmunidad de rebaño» nos definió bien, sobre todo en el segundo término. Muchos nos hemos enterado, gracias a la pandemia, de que tenemos «convivientes», asintomáticos o no. Ahora vuelve otra locución solo empleada en periodos de guerra o dictadura, como «toque de queda», que por sí sola justifica a quienes ya vieron la pandemia como casus belli. Y el confinamiento, hace unos meses doméstico, es ahora «perimetral». Cuando Galdós daba sus paseatas en compañía de Baroja por el Madrid primosecular, llegados al límite del casco urbano, se daban la vuelta porque ahí empezaba el campo. Lo que entonces era la periferia es hoy el borde perimetral, donde además de terminar la ciudad empiezan los controles policiales para que nadie escape ni cambie sus virus de sitio. Es una verdad a medias eso de que no hemos aprendido nada de esta pandemia; desde luego hemos aprendido poco si nos atenemos a conductas: la cabra tira al monte, no entiende de perimetrajes. Pero nadie negará, vaya una cosa por la otra, que hemos aprendido un montón de vocabulario.