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Antonio García

Antonio García


Godard

19/09/2022

En una semana aciaga para la cultura, que también ha visto desaparecer a Javier Marías e Irene Papas (la muerte de una reina queda para los tertulianos), despedimos a Jean Luc Godard, quien ya se había despedido en un cuasi testamentario Adiós al lenguaje: «Estoy aquí para decir no y morir». Pues no otra cosa fue su dilatada obra que una negación a todas las ortodoxias. No resulta hiperbólico asegurar que estuvo Godard, con desfase de fechas, entre los inventores del cine, en el escalafón de Eisenstein o Griffith para los que el nuevo arte era algo más que un compendio de imágenes. En el caso particular de Godard, la innovación consistió en aglutinar todas las artes en el mismo producto, fotografía, música, literatura, teatro -el famoso distanciamiento brechtiano- dinamitando todos los códigos precedentes, y sin dejar de implicarse políticamente como portavoz de todas la revoluciones y contrarrevoluciones de su época. Pero como no hay necrológica sin su debido contrapeso, esta no quedaría completa si no dijéramos que lo que para algunos -entre los que me cuento- era manifestación de genio, con sus altos y bajos, para otros muchos constituía un ejercicio insufrible de verborrea, dispuestos a aceptar a lo sumo las más o menos convencionales obras de principio de carrera, pero no tanto lo que siguió, antídoto contra el cine comercial -y eso que Godard apreció ese cine más que ninguno- de muy difícil digestión. Y que rubricó con una de sus obras más arriesgadas -o pedantescas, según apreciaciones-, El libro de imágenes. No se puede entender el cine, nos guste o no, sin su contribución. Je vous salue, Godard.