Fernando Fuentes


La Multa

17/11/2020

Siempre estaremos al lado de la policía. Su trabajo en la defensa del orden público, entre otras cosas, nos parece encomiable. Por ello no nos molesta verlos patrullando por la ciudad. Al contrario, reconforta saber que están ahí y velan por nuestra seguridad. Pero hay veces en las que la delgada línea, que separa a los buenos de los malos, se difumina inesperadamente. Este fin de semana vi, con mis propios ojos, como la policía municipal ponía una multa a un hostelero de la Zona, de forma injusta y caprichosa. No vamos a entrar en más detalles para no perjudicar a nadie. También fui testigo de que ese mismo empresario llevaba, desde que abrió las puertas de su local, cumpliendo a rajatabla con todas las medidas sanitarias. Eso supone ganar menos de la mitad de lo que podría facturar. Y sin rechistar, con la que está cayendo. También vi como allí sólo se ocupaban las mesas -entre las que se respetaba la distancia de seguridad- y que muchos clientes -queriendo disfrutar allí de unas cañas o copas- no pudieron hacerlo por tenerlo «completo». Más pérdidas. Además, presencié como tanto él, como su personal, no se desprendieron de la molesta mascarilla en largas horas de atención al público. En fin, todo bien, cumpliendo con la Ley. Hasta que se le multó -delante de mis narices- sin advertencia previa. Sin un ápice de empatía. Por una nimiedad. En ese momento vi como todo lo ganado por su trabajo -que, desde horas antes, había desarrollado cumpliendo con todo el protocolo- se lo llevaba una sanción puesta sin razón. Impotencia y rabia. «No hay derecho», repetía. Una lástima que horas antes, y allí mismo, estos mismos policías no vieran como una política local -con importante cargo a nivel regional- fumaba en plena calle, en compañía de unos amigos, sin mantener la distancia y con la mascarilla colgando de una oreja. ¿A ella le habría caído la misma regañina y sabrosa multa? Yo no lo dudo.