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Domingo Henares

Domingo Henares


Mascarilla

13/02/2022

Por fin, el alto poder que todo lo organiza y manda ha decidido que podemos andar por la calle abierta sin la mascarilla acostumbrada en el rostro. Para defendernos del coronavirus que nos acecha, eso se dice, pero también para dejar constancia de que nuestros gobernantes nos ordenan callar, si les viene en gana. Todos en silencio, o a medio decir las palabras que no se entienden, con el riesgo de no conocer a los vecinos, con la monotonía de repetir las palabras recién dichas, que con la máscara puesta del otro apenas se entienden al primer intento. Mejor estar callados, atentos a lo que nos digan por la televisión, por los distintos medios. Con los labios sellados. Pues hemos pasado demasiado tiempo con las facciones tapadas y a sabiendas de que, con la mascarilla puesta, nadie puede decir esta boca es mía. Con la sospecha, eso sí, de que a esa persona que está cruzando de acera la hemos visto alguna vez, acaso cuando íbamos con la cara al descubierto. Tal vez en sueños.
Ya no hay fantasmas ni espectros por la ciudad. Desde que la mañana abre los balcones del día, la luz cubre el rostro de los ciudadanos alegres; porque respiran más hondo, al tiempo que ven las cosas de alrededor con ojos limpios, antes empañados. Sin las mascarillas al fin, los ciudadanos se miran al rostro y se declaran personas. Todos, entre sí, mirándose de frente desde el jueves pasado, advierten como un aire de familia, en el convencimiento, al darse un apretón de manos, de que son antiguos conocidos, por algún tiempo ocultos y casi olvidados.
  La naturaleza nos devuelve nuestro DNI verdadero. Porque nacimos un día sin la máscara puesta.

ARCHIVADO EN: Coronavirus, Naturaleza