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Ramón Bello Serrano

Ramón Bello Serrano


Suspiro

06/08/2022

Hablar por hablar, hablar sin saber, las veces que uno lo habrá escuchado -y con el paso del tiempo ya creo que el hombre que reconvenía tenía completa razón. En los autobuses urbanos, ascensores y portales de fincas, también los ambulatorios, los viejos dan -damos- una lección precisa. Naturalmente hablan por hablar y sin saber -pero con retranca- y ya entran a fondo en los tres asuntos de los que saben mucho -y bien: el tiempo, las enfermedades y los arrendamientos. Hablar del tiempo es como echar el anzuelo -puedes pescar una charla interesante, suavizar al vecino que se enoja por todo (o que no te traga) y la conversación es inagotable: se habla del tiempo que hace y se le compara con el que ayer hizo y con el que presumiblemente vendrá -algunos rematan con Filomena y nadie habla del cambio climático-. Los arrendamientos predican del otro un gran conocimiento del barrio: saben qué alquileres son los más convenientes, qué vivienda se ajusta más al padre de familia o al estudiante, cómo ha progresado el vecino y el riesgo de la ocupación               -bálsamo para el que no compró barato en su día porque no quiso o no pudo: no puede uno dejar la casa sola ni alquilarla al tuntún (dice en voz alta el viejo) que luego llega el berrinche y la impotencia, no entiendo que el gobierno lo permita, somos pequeños rentistas y ahorradores, muy justos de pensión-. Y, desde luego, y muy de largo, las enfermedades. En la enfermedad el viejo no se engaña -quizá una pequeña ensoñación que sabe vana- y no habla por hablar. Es ya un peregrino de la dolencia, de las inevitables goteras, de los últimos afanes por una mala salud de hierro, así que conoce a los doctores -y los evalúa de acuerdo al respeto que le guardan como enfermo- y atesora muchas horas de antesala, cambia impresiones con otros pacientes, se alegra y conduele -más bien esto último- y hace cálculos que poco tienen que ver con la literatura médica, pero cualquiera de nosotros sabemos que sí saben de qué habla y escuchamos con atención, la experiencia es un grado. Partes meteorológicos, recibos de inquilinato y pruebas médicas. El clima el refugio el forense. Y nada se habla (o muy poco) del médico de almas cuando el tiempo   -ayer todo el tiempo del mundo- es hoy menos que un suspiro.