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Antonio Pérez Henares

PAISAJES Y PAISAJANES

Antonio Pérez Henares


Paco ‘el de las truchas’

14/01/2022

Guadalajara y Castilla-La Mancha han perdido a un gran escritor y aún mejor poeta, Francisco García Marquina. Puede que no lo sepan. 43 obras publicadas -24 poesía, 19 prosa-, 26 premios literarios nacionales e internacionales, el ultimo este año recién acabado en Nápoles.
Un hombre sabio y amable, con la ironía de los inteligentes y la bondad de quienes aman, en verdad, la vida. Vivió mucho, amó más y escribió hasta el último día. Uno de sus últimos libros se lo dedicó, honda, ligera y jocosamente, a la muerte.
Tuve el inmenso privilegio de ser su amigo.
 Lo conocí cuando se dedicaba a las truchas que fue lo que le trajo a nuestra tierra. Dirigía una piscifactoría en el molino de Caspueñas pues Paco era biólogo, que es una buena forma de poesía, aunque no se lo crean. De hecho, por el verso ya empezaba a ser conocido pues había sido finalista de prestigioso premio Adonáis. Pero por la Alcarria, donde a su debido tiempo, que fue pronto en su caso, se le cogió cariño pues se hizo merecedor de él y lo conservó siempre, de inició se le bautizó, como manda la costumbre, por 'el Truchas'.
  El río Ungría, que era manantial de su industria lo fue también de su inspiración, pues a sus aguas y riberas debe el libro que, y no sólo yo, considero su cima literaria. 'Nacimiento y mocedad del río Ungría'. No tiene nada que envidiar, aunque me regañaría por decirlo, al 'Viaje a la Alcarria', de su admirado y amigo, que lo fue de veras, Camilo José Cela, al que ha dedicado tanto tiempo y trabajo y consideró siempre, a autor y obra, cumbres de la literatura española.
 Yo he de reconocer que cuando, joven periodista, él también ya tenía en ello sus pasos dados y su prestigio ganado, solía acercarme de vez en cuanto por el lugar, su vivienda familiar, para charlar y, como de paso, realizar un pequeño trueque. Yo le traía cangrejos, 'de los de antes' cuando los había y se podía, y él a cambio me dejaba pescar con la caña algunas truchas de las de más de dos kilos moraban escapadas por algunos tramos adyacentes de los canales de la piscifactoría. Él se quedaba con los crustáceos y yo podía presumir de pescador fino.
   Fue en el molino donde, el día que le dieron el Nobel a Cela, a quien tuvo allí recogido con Marina, lo encontré celebrándolo y le saqué unas palabras para 'Hora 25' de la SER por donde andaba entonces. Se lo tengo que agradecer a Paco. A su generosidad y buena mano debí la pequeña exclusiva, pues con Cela la distancia era infinita y luego ya insalvable.
 La amistad prevaleció por siempre, aunque se espaciaran los encuentros, pero cuando los hubo estuvo siempre teñido por su afecto y de su apaciguadora socarronería. Hasta hicimos un libro entre cuatro, también estuvieron Manu Leguineche y Pedro Aguilar, que ¿cómo no? iba también de ríos. 'La letra de los ríos' y el título fue suyo.
 García Marquina nunca se retiró tampoco del periodismo. Siempre le gustó escribir en los 'papeles'. Y dos veces lo hicimos juntos en dos medios del mismo nombre 'Tribuna'. En la primera, la revista nacional, como columnista y corresponsal con mejor arrimo en Oslo cuando Camilo fue a recoger el premio. Para el actual periódico fue el primero con quien quisimos contar y sus columnas, a nada, ya las pedían todas las cabeceras del grupo. Confesaré que no ha habido vez alguna que al leerlas no me haya dado un pellizco de envidia. Paco escribía mejor que casi todos y que yo, desde luego, y además de decir las cosas muy bien sabía de lo que hablaba, algo que cada vez más escasea. La semana pasada acababa de leer la última, cuando se le cansó el corazón de tanto usarlo.
 No sé cómo despedir estas líneas. Así que lo hago con la imagen que tendré para siempre conmigo. Esa sonrisa suya, afable siempre, pero siempre también acompañada de un chispazo de diablura.