Antonio García


Los bares

19/10/2020

El Gobierno de Cataluña ha decidido cerrar bares y restaurantes, así como prohibir reuniones de más de seis personas para poner coto al avance del virus, medidas que se juzgan «drásticas, duras y contundentes». Proyectado al resto del territorio español supondría el golpe más duro no solo al sector de restauración sino al español como ente colectivo, un mazazo para su idiosincrasia jaranera y gregaria. Decía Antonio Gamero que como fuera de casa no se está en ningún sitio, y esa exterioridad no se refería precisamente al aire libre, calle o plaza sino al bar, espacio de encuentro que, en el rigor estival -y ya es verano todo el año-, se extiende a la terraza. Desaparecida la tertulia como laboratorio genial de creaciones literarias, el café o el restaurante se transforma en tribuna deportiva o en multitudinario aforo familiar de cumpleaños, bodas o comuniones, ascendidos a entornos esenciales, por encima de farmacias o comercios de alimentación, señal de que para el español la fiesta tiene más tirón que la salud o los buenos alimentos. Privar al español de un espacio donde entregarse a la vida social regada de alcoholes y gritos es casi privarle de su segunda residencia y esta insoportable privación ya ha provocado que, al menos entre los jóvenes, se habilite la primera como abrevadero improvisado, discoteca privada e infernal pesadilla de vecinos. En los países civilizados medidas de este rigor no arrastran tales quejas entre ciudadanos porque allí se retiran pronto y hablan más flojito, pero entre españoles suponen una transformación vital, un viaje de la barbarie a la civilización, que no sé si estamos preparados para emprender.