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Javier López-Galiacho

Javier López-Galiacho


la Llanos

20/09/2022

Al principio de este verano se nos murió la Llanos. Así la conocíamos en mi familia, con el artículo por delante. 30 años estuvo a nuestro lado entregándonos su cuidado, atenciones y cariño.  Y lo hizo en un tiempo de cambios, ilusiones y dificultades para todos. Corrían los años 70 cuando la Llanos entró a trabajar en casa. Era una mujer enjuta, con la cara marcada por eso surcos que nos deja la lucha por la vida. Manchega hasta las cachas, desde las zapatillas hasta ese moño que las nieves del tiempo habían plateado y que ella sujetaba con un par de largas horquillas. Cuando llegaba a comer desde los Salesianos, la recuerdo fregando el largo pasillo de nuestro piso de la calle Francisco Fontecha. Entonces no había fregonas y la Llanos le sacaba lustre, arrodillada sobre una especie de almohadilla gastada. A la tarde, tras el Colegio, allí seguía, cosiendo o haciendo rollos fritos que bordaba como pocas pasteleras. El sentido de su vida y el de entrega en el duro trabajo fueron sus tres hijos, a quienes sacó adelante dándoles carreras profesionales y universitarias. Con el alba levantaba a sus hijos y echaba a andar hacia nuestra casa desde el bloque de viviendas humildes (Las 500), donde vivía. Y así día tras día, dos viajes de ida y vuelta, mañana y tarde, con el frio, bajo el calor, de Albacete. Al bajar del instituto me la cruzaba por la calle Ancha, siempre apresurada, a zancada limpia, agarrando por el brazo aquel monedero amplio donde las mujeres albacetenses guardaban doblado el billete de mil pesetas. En verano venía a nuestro chalet de la Carretera de Jaén, subiéndose a primera hora a ese piojo verde, como llamábamos a los autobuses urbanos de aquel Albacete, hasta la parada de la Panadería Luisa. Llanos era una todo terreno. Hasta pintaba la pista de tenis y cosía las hamacas. No la recuerdo una queja, ni una mala mirada. Hace ya un tiempo la vi en una silla de ruedas por la calle Mayor, empujada por esa obra de arte de su vida que fueron sus hijos. Mujeres como la Llanos no tuvieron nunca la medalla de oro al trabajo, pero se ganaron el amor de sus hijos y el tremendo cariño y respeto de los que la tratamos.