Juan José Morcillo


Erasmo y los comuneros

18/11/2020

Conmemoramos el V Centenario del comienzo de la Revuelta de los Comuneros contra Carlos I, el «rey ausente», pues pasaba más tiempo fuera que dentro de España. Lejos de una sublevación de campesinos hambrientos de pan y de justicia que partidos de izquierda han abanderado como suya, estamos ante un levantamiento respaldado por escritores (Pedro Lasso de la Vega -el hermano de Garcilaso-), catedráticos (Hernán Núñez de Guzmán), religiosos y eclesiásticos de alto rango (obispo Acuña, al que Carlos I condenó a muerte) y, sobre todo, familias aristocráticas (además de los ajusticiados Bravo, Padilla y Maldonado, el marqués de Villena, el duque de Arcos o el III duque del Infantado) que, tras la derrota, recibieron el perdón del rey o se retractaron cuando vieron que la causa no iba a triunfar.
La chispa del levantamiento fue la traducción de la Querela pacis de Erasmo por López de Cortegana en 1520, un año en el que España está volcada con el pensamiento del holandés. En esta obra, se señala que los reinos no son propiedades materiales y no deben pasar de mano en mano a monarcas que no viven en ellos y que provienen de otros países, «porque toda renovación dinástica origina algún tumulto y el tumulto genera la guerra». Desde Flandes, en 1516, un jovencísimo Carlos I se autoproclamó rey de los territorios hispanos y desembarcó en España en 1517 acompañado de aristócratas y eclesiásticos flamencos que ni conocían Castilla ni hablaban el castellano y a los que incluyó en su Corte dejando al margen a la nobleza castellana. Este malestar de las élites junto con un aumento de la presión fiscal a los pecheros se tradujo en 1520 en los primeros levantamientos y la proclamación de Juana, madre de Carlos, como legítima reina de Castilla. Erasmo vaticina el desastre: «Entretanto, mientras el príncipe adquiere, conquista y estabiliza el nuevo reino, empobrece y exprime el anterior, y a veces pierde los dos en el intento de gobernar ambos, quizá porque apenas era capaz de administrar uno».
En homenaje al espíritu comunero, en la Constitución de 1978 se decidió incluir el término Comunidad para las regiones de España. Un merecido tributo, sin duda.