Juan José Morcillo


Palidú

26/08/2020

Todos los días lectivos, cuando entrábamos en el colegio y cuando salíamos, tanto por la mañana como por la tarde, en la acera, junto a la puerta, nos esperaba «el hombre del carrico». Así llamábamos los niños al señor que vendía las golosinas. Las llevaba en un carrito viejo, de madera pobre, en cuyos desconchones se adivinaban las heridas de rozaduras y golpes, con dos ruedas delanteras que tomó de alguna bicicleta desahuciada y con dos pies en la parte posterior sobre los que se apoyaba el lacio armazón cuando al fin alcanzaba el colegio. Las chuches iban protegidas por un cristal enmarcado con la misma madera, un cristal desgastado, arañado por las monedas que nerviosamente poníamos encima porque no queríamos llegar tarde a clase por miedo al castigo del maestro.
«El hombre del carrico» era un viejo que nunca hablaba: cabello cano, pantalones desgastados y sujetos con un cíngulo de arpillera, siempre mal afeitado, pero bonachón y demasiado paciente con nuestras prisas. Llevaba gafas, de montura humilde, detrás de cuyas lentes, rayadas y sucias, se escondían unos ojos que ninguno de nosotros logramos ver con nitidez, lo que le otorgaba un aire enigmático del que nacían como ventiscas toda clase de leyendas urbanas, algunas muy crueles.
Yo siempre le compraba palidú. Según el calibre, los vendía a peseta, a duro o a cinco duros. El de duro me daba para dos o tres días; con los dientes le arrancaba la corteza y me pasaba horas mascando y chupando la raíz, sin sacármela de la boca, incluso dentro de clase.
Un día, cuando yo estaba en el último curso, dejó de venir. Se dijo que lo habían denunciado porque el hombre y su carrico eran poco higiénicos, se dijo incluso que lo habían asesinado en su casa para robarle la recaudación del día. Nunca se supo. Pero la vida a veces se pliega y te sorprende: en una avenida céntrica de Alicante vendía palidú un señor de cabello cano y mal afeitado. Fue denunciado por ejercer la venta ambulante sin licencia y desapareció. Ojalá le hubiese comprado un palidú; habría regresado a mi aula y a mi pupitre, a mi libreta y a mis ejercicios.