Francisco J. Martínez


Una década después

12/07/2020

Aquel 11 de julio de 2010 era un día caluroso como el de ayer, aunque sin mascarillas ni muertos por el coronavirus. Los bares estuvieron repletos y los amigos y familias se congregaron frente a televisores y pantallas gigantes para ver una final del Mundial de fútbol, en la que se había plantado la selección española bajo la batuta del genial Vicente del Bosque. En el grupo también se encontraba ese genio tímido de Fuentealbilla, Andrés Iniesta, al que la comunidad futbolística mundial reconocía, pero no premiaba con un Balón de Oro -y que después siguió negándole-. Pero los vericuetos de la historia le tenían reservada una de las más bellas páginas. No por el gol que marcó en el minuto 116 de aquella eterna prórroga frente a una bronca Holanda, sino porque sumió al país en el éxtasis mayor jamás conocido en las últimas décadas. Fue una unión de uniones solamente comparable, aunque con la diferencia del cariz de los acontecimientos, a aquellos días de julio de 1997, cuando ETAasesinó cobardemente a Miguel Ángel Blanco y el pueblo se unió para exigir el fin de la banda terrorista.
El genio de Fuentealbilla recibió todos los honores en su tierra y siguió con su vida reservada y su papel en el FCBarcelona hasta su marcha a Japón para vivir los últimos años de su carrera. Hoy, una década después, la vida cambió por completo para todos y la última vuelta de tuerca puso patas arriba el mundo que conocíamos hasta convertir los partidos de fútbol de la élite en poco menos que pachangas de colegio, algo impensable sólo unos días antes de la irrupción de la Covid-19. Sin embargo, a todos los que vivimos aquella gesta de un puñado de españoles en Sudáfrica siempre nos emocionaremos al ver las imágenes del gol de Iniesta y al escuchar el grito de Camacho: «Iniesta de mi vida».



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