Ramón Bello Serrano


La mentira

01/08/2020

El parlamentarismo español inició su declive el día que los diputados incorporaron en sus discursos, como argumento, el esgrimir la «mentira» en el decir adversario. Hasta los tiempos de González (el último patriota) nadie se atrevía, por la alta representación que ostentaba -nada menos que la del pueblo español- a llamar mentiroso a nadie -«falta a la verdad», «no se compadece con la verdad», eran términos adecuados-. A esos términos les ayudaba mucho el uso constante de referirse al adversario como señoría, de tal suerte que el respeto mutuo, exigible por la alta representación, procuraba el discurso brillante, novedoso y armado en nuestro viejo castellano. En muchos años de profesión de abogado jamás he visto a un compañero tildar de mentiroso a otro (algo que el Tribunal cortaría en seco) y los informes finales se deben al acierto o desacierto, pero también al infinito recurso del castellano. Han sido las reglas del foro desde tiempo inmemorial -hoy quebradas por la general incultura de la política-. Una cosa es la acusación (las mentiras de unos u otros) y otra bien distinta la calidad del mentir. Cunqueiro escribió de Fray Antonio de Guevara que «mentía por el arte de mentir bello». Pedro Lombardo clasificó la mentira, por su utilidad, en mentira humorística, mentira útil y con buena finalidad y mentira con fines malvados. Incluso ésta última, en rara ocasión, tendría cabida en la Carrera de San Jerónimo, donde un diputado dijo del conde Romanones que «cada gesto de su cara es un delito». Creo que en el Colegio de Abogados están los Diarios de Sesiones de la república y basta darse un paseo por las intervenciones de Ortega y Unamuno, Prieto y Calvo Sotelo, incluso de los jabalíes parlamentarios, para pasar unos muy buenos ratos. Los cronistas parlamentarios de entonces -quiero recordar aquí a Pla- atesoraban un formidable poder: por buenos escritores y afilados comentaristas -hoy están Raúl del Pozo, Jorge Bustos o Rubén Amón-; grandes columnistas para diputados de poca altura. San Agustín creyó que era mejor soportar el mal que ser cómplice de la mentira, aunque frente a la de menor cuantía (animar la conversación, salvar una vida o evitar que alguien sufra un ultraje impuro -el caso de Lot y los ángeles que hospedó-) recomienda astucia y silencio. Me temo que lo peor está por llegar a la política.