Ramón Bello Serrano


Cerrada defensa

20/02/2021

Había visto descender del hemiciclo a Pasionaria del brazo de Rafael Alberti -el más joven de los poetas jóvenes, escribió Francisco Umbral-. Y contar historias a Enrique Líster en La Clave de Balbín           -Balbín me habló de cómo Líster desautorizó la intervención soviética en Praga y afeó a Carrillo la purga de los cuadros ortodoxos-. En el Ateneo escuché de don José Prat algunas palabras de María Zambrano y un breve comentario de Prieto -más extenso de Negrín-.Fueron años apasionados por cuanto era fácil conversar acerca de Lerroux con César Jalón en nuestra plaza de toros o seguir la política de Cambó en un café inocente que tomé con Durán i Lleida. En esa política romántica (los jóvenes y su corazón entusiasta) vimos matar a Tomás y Valiente, dar la vida (no rendirla) de guardias civiles jóvenes -y sus hijos muertos en brazos de otros guardias-. Sentí el mármol frío de la fiscal Tagle y el rostro en llama sucia y pálido de Ortega Lara. Conocí magistrados en un permanente desvelo para tutelar derechos fundamentales ajenos a toda presión. Viví la libertad de prensa desde las redacciones de los periódicos -y a los grandes cronistas parlamentarios como Márquez Reviriego, al que pude tratar en Madrid, en la sede del Consejo General de la Abogacía, una tarde muy larga junto a Nativel Preciado-. Felipe González era él solo una monarquía. Era uno de ellos -Mitterrand, Khol, Simon Peres- y Madrid su cumbre permanente, ya fuere iberoamericana o atlántica. Todas estas cosas -y otras muchas- se fueron pegando a la piel de los españoles como una cartografía precisa -y naturalmente a la mía- y vivimos unos años de gran crédito político en Norteamérica -en varias universidades se estudió la Transición como instrumental político y moral para aconsejar y aliviar no sólo a democracias incipientes y frágiles, también a las de mayor solera-. Yo creo que nos ganamos un respeto. Y que tenemos derecho a que respeten nuestra cartografía -no sé si gratitud será pedir demasiado-. Muchos compatriotas ejemplares orlaron nuestro atlas con elegancia y sacrificio llevado a gusto y honra suya -y nuestra-. Es nuestra democracia ática y plena. Le debemos cerrada defensa.



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