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Fernando Fuentes

Fernando Fuentes


Sin corbata

02/08/2022

Cada vez que a Sánchez se le ocurre soltar alguna gracieta mueren doscientos flamencos rosas. O decapitan a treinta gatitos siameses. Y, siempre, pierde unas decenas de miles de votos. Debería de cambiar de asesor. O de guionista de cabecera. O de monologuista de saldo. ¿Quién se hallará tras esta sangría verborreica, tan gratuita como desafortunada? Hemos pasado de la revolución de los descamisados a la de los descorbatados. Y todo por obra y gracia de un personaje que, casualmente, luce las corbatas más feas desde Carrascal. Cuando Sánchez dijo que sus ministros ya no van a ir estrangulados por un lazo de seda, suavemente anudado al gaznate, no solo estaba soltando una boutade, carne de meme barato. Además, estaba haciendo estallar la crisis de Gobierno más cool que se podría haber soñado. Se sabe que los socios podemitas celebraron la medida y, bajo el sofoco de la quinta ola de calor, salieron a quemar sus cogoteras en la barbacoa de su nuevo adosado. Pero hubo algunos que se sintieron agraviados en su libertad de poder escoger la ropa que deben de lucir en los diferentes ministerios. Sin quererlo, una vez más, el presidente la había pifiado y, raudos y veloces, salieron los fabricantes y vendedores de corbatines a defender el consumo y la compra de una prenda -tan elegante como altamente inútil- que en verano apenas nadie lleva, salvo los dependientes del Corte o, hasta este momento, los ministros. Con esta medida, que además de evidentemente no aportar nada al ahorro energético, acabamos, si es que quedaba algo, con la estética del poder al que la corbata está inexorablemente unida desde lo inmemorial. Con ese clásico popular con el que el político de turno podía explayarse -en colores, tonos o motivos- y hasta mostrar una inesperada excentricidad sin que nadie pusiera el grito en el nudo. Lo peor de ello es que se nos llenó de gatitos, perritos, patitos y, hasta, calaveritas, el Congreso de los Diputados. En cualquier caso, como no soy ministro, y soy autónomo, hoy escribo esta columna sin calzoncillos… hasta que venga Escrivá y me los arranque de cuajo. Por cierto, Señor Soto, para ir al gimnasio con corbata hay que empezar yendo…