Antonio García


Pugilatos

05/10/2020

En Estados Unidos ya se han visto las caras los contendientes de las próximas elecciones presidenciales y ha sido un pugilato soez, entre dos candidatos igual de malcriados, más propio de un combate de lucha libre sin normas que de una educada esgrima. Nada extraño en el caso de Trump, que actuó según su estilo -o sea, sin estilo- pero sorprendente en quien se suponía la voz de la cordura, ese anodino Joe Biden, a la postre tan infecto como su nemesis. De nuevo los americanos nos proporcionan lecciones o ejemplos, tanto buenos como evitables, y uno de ellos es que la política allí no dista mucho del espectáculo deportivo de contacto, pensado para unas masas sedientas de sangre, un ejemplo muy peligroso dado nuestra proclividad a imitar lo malo, si viene con sello americano. En contraste, nuestra vida política es un patio de colegio, de querellas sin malicia por un quítame allá esa chuche, pese a los criticones habituales, entre los que me encuentro. No, no somos tan malos, si se nos compara con el imperio, y hasta se puede decir que entre nosotros aún tiene cierto predicamento la oratoria, aunque sea analfabeta. Nuestra ventaja por ahora es que nuestras reyertas se diluyen mucho, al estar repartidas entre media docena de rivales que evitan el cara a cara y no llegan a la sangre, a lo sumo a una melé de corral, simbólica por la necesidad de mantener las distancias. En Madrid, nuestro presidente ha ensayado la nueva técnica de llevarse la mano al corazón, tan falsa como cualquier otro de sus gestos, pero siempre preferible al puño. Y cuando queremos insultar a alguien lo llamamos felón, epíteto sin efecto porque nadie sabe lo que significa.