Fernando Fuentes


Miguel Panadero Moya

06/04/2021

Hay personas sin la que es imposible entender la historia de un territorio en concreto. Y hay espacios que, sin determinados personajes, no serían hoy lo que son, quieren ser y serán. Les hablo de Miguel Panadero Moya y Albacete. O viceversa. En cualquier caso son, y significan, lo mismo. La muerte de este albaceteño de pro nos deja huérfanos de su sapiencia, inteligencia y bonhomía. Porque Miguel era -como su hermano Carlos- un sabio hecho a sí mismo. Y sin padrinos. A base de miles de horas de estudio, hincando codos a la luz del flexo. Y entre esta suprema categoría humana lo que más se suele echar de menos es la humildad y la cercanía. Y en su ser se personificaban ambas. Este catedrático emérito dedicó toda su vida a estudiar, largo y duro, en beneficio de un mejor Albacete. Se dejó hasta el último aliento en imaginar un futuro más halagüeño para una provincia    -otrora pobre y de paso- que por su estratégica situación geográfica merece tener un mayor protagonismo en los principales corredores de progreso de España y, por ende, de Europa. Y todo ello no debe de fallecer con él. Tenemos la obligación de recoger su importantísima encomienda y seguir luchando, como él hizo contra todos y con el apoyo de pocos, para ubicarnos dónde merecemos. Al contrario que esos políticos que no ven más allá de sus propias narices, Panadero imaginó más allá a la vuelta de la esquina de su casa, y fue capaz de proyectar un porvenir más proclive a años luz de lo conocido. Y lo hizo desde el convencimiento que le procuraba el pisar, firme y a diario, el suelo de la realidad. Es obligado recordar que, sobre todo, gracias a él, tenemos Universidad por nuestros lares. Que algunos de los mejores años de la UNED y de la Facultad de Humanidades lo tuvieron en su dirección y decanato. Y nos podemos imaginar que la Universidad de Castilla-La Mancha sería hoy en día más potente, competitiva y prestigiosa si por su rectorado hubiera pasado este gran albaceteño. Hay almas que no deberían apagarse nunca. Y esta es una de ellas. Con la desaparición de Panadero -«ese gran profesor, tan exigente como siempre amable y educado», como la gente lo recordará siempre- perdemos parte de nuestra mejor historia, de la que fue, quiso ser y será. Que su legado sea eterno ya es cosa nuestra. Descansa en paz, querido tío Miguel.