Antonio García


Sociología de la mascarilla

31/08/2020

Son muchos los que sin duda estarán deseando que se encuentre la vacuna antivirus para deshacerse de la mascarilla, pero habrá también otros cuantos a los que les cueste desprenderse de ella, porque le han ido cogiendo cariño. Si hemos llegado a aceptar la ropa, que es una simple convención porque el estado natural del hombre es la desnudez, no hay nada que impida que la mascarilla, pese a su rechazo inicial, se constituya en parte imprescindible del atuendo, pues después de todo la boca humana es una parte de la anatomía que gana mucho cuando se tapa. La variedad actual de mascarillas compite con la de vestidos, zapatos o camisetas. Pero sólo los muy atrevidos han optado por la fantasía de un colorido chillón, y los más conservadores utilizan o reutilizan la más convencional, la de tinte azul, que es la que nos han regalado a todos;  los bozales negros corren el riesgo de identificarse con el luto, y los blancos están mas expuestos a las manchas de comida. El monocromatismo se alivia, en algunas, con detalles esquinados, tal la banderita de España que le ha puesto nuestro presidente a la suya, homóloga a las insignias que los presidentes de clubes llevan en la solapa. En lo que todavía no se ha reparado es en la similitud entre la mascarilla y la lencería femenina, lo que podría dar origen a un nuevo tipo de fetichismo. Quizá no tardaremos en amar mujeres que nos ofrenden su más codiciado fruto tras la cobertura de una mascarilla. El nuevo complemento, cuando haya perdido su razón de ser, perdurará como hábito optativo, igual que ocurre con el sombrero, que tampoco es que sirva para mucho ni es obligatorio, pero es signo de distinción.