LA FORTUNA CON SESO

Javier Ruiz


Las mascarillas de la república

15/10/2020

Pablo Iglesias se presentó en el Desfile del 12 de octubre con una mascarilla de la república, o al menos eso dice él. Se trata de una tela hecha por la empresa 198, que es propiedad de Juanma del Olmo, miembro a su vez de Podemos. Si uno entra en su página web puede encontrarse maravillas del diseño como mascarillas feministas cuyo lema es ‘hasta el coño’, una bonita forma de llevar el coño en la boca. Y es que estos chicos de Podemos no hacen más que inventar, en eso sí que hay que reconocerles el talento. Hasta inventan empresas con camisetas carísimas, que son para el proletariado pero menos. Hay algunas con los colores de la república. Irene Montero ha dicho que está muy orgullosa de vestir trajes morados, que son el color del feminismo y la república. Habría que explicarle a la ministra que también lo es de la penitencia, la Cuaresma y las cofradías, aunque para cofradía la que ella ha levantado en su ministerio con su colectivo de enchufadas. Luego les reparte el Vanity y los Diez Minutos para que le digan lo guapa que es y el tipo que tiene. Y es que la revolución de clases ha empezado por las peluquerías. Todas podemos salir en el couché.
 Las mascarillas floreadas son tendencia en este otoño de hoja seca y caspa vieja. Los comunistas se han crecido y han cambiado la dictadura del proletariado por la de las mascarillas. Ahora se la quieren colocar a la Justicia, bajándole la venda de los ojos hasta la boca. Las democracias populares chinas es lo que tienen, que comienzan a acumular poder y no lo sueltan. Ahí están los grandes ejemplos de la civilización como son Venezuela o Cuba, todo muy democrático y de mascarilla. Franco también organizaba elecciones y siempre ganaban los mismos. Como en la dictadura no había pandemias, el general no les colocaba mascarillas a sus ministros. Solo se limitaba a no dejarlos levantarse para mear en los consejos de nueve horas. Ahora, en cambio, pueden hacerlo con mascarilla y distancia de seguridad, que en eso Pedro es muy comprensivo y no pone problemas. Únicamente a la vuelta del servicio, eso sí, pide a sus ministros que le digan algo bonito del tipo ‘qué gran presidente eres’ o ‘lástima que no estemos en una república para que lucieras la banda’. Pedro es sencillo y humilde, pero estaría más guapo sin mascarilla y con república.
España deviene así noventa años atrás, cuando se levantaban regímenes unos contra otros. Este es el verdadero progresismo del que no nos habíamos dado cuenta hasta ahora. Yo, como se me empañan las gafas, no veo nada y si lo veo, me hago la tonta, como el resto de españoles. Cuando queramos quitarnos la mascarilla, Pedro y Pablo ya habrán pasao, como cantaba Celia Gámez a Millán Astray en el Chicote. La memoria histórica está para olvidarla y así nos luce la democracia. Si hay república, que la bandera sea una mascarilla. Así es más corta por si hay que arriarla pronto.
Lo que está claro es que la chiquillada ha llegado para quedarse y ponerle mascarillas a todo el mundo, incluso después de la pandemia. La nueva constitución emergente debiera redactarse en una mascarilla y las disposiciones adicionales en sus gomas. Colgando de las orejas no hay discusión posible sobre derechos forales. Así se acaba el problema de España, terminando con ella. A Ortega, Marañón y Ayala se les quedó la última república como una mascarilla suelta colgando de una sola oreja.