Antonio García


Las vacunas

23/11/2020

Ya tenemos, o casi, vacuna. Un solo pinchazo nos separa de la salud universal. El ministro Illa dice que se fía de nosotros -es inherente al cargo político esa clase de paternalismo- y afirma que no será necesario imponerla por obligación. Conociendo el antecedente de las mascarillas, ello significa que serán también obligatorias, con estigmatización incluida de quien se niegue a pasar por el aro de la aguja. Todos los que han protestado últimamente por las restricciones o imposiciones de la nueva tiranía -una tiranía disfrazada de proteccionismo- enfocaban mal sus quejas: no es que sean obligatorios el bozal, el cumplimiento de unas normas arbitrarias o previsiblemente la nueva vacuna sino que es obligatoria la salud. Paralelo a la extensión de la pandemia ha corrido el endiosamiento del científico como único ente de razón al que no se le pueden toser los dicterios: la antigua creencia religiosa ha devenido superstición científica y si antes había curas que gobernaban nuestras conductas ahora son gobernantes asesorados por epidemiólogos los que inoculan miedos, despachan castigos y establecen la nueva teología en la que la enfermedad sustituye al infierno y el no matarás se actualiza como no enfermarás. La buena conducta es hoy la buena salud. El moderno creyente, como el antiguo carbonero, es hombre de fe, que no cuestiona lo que le dicen porque la jerga científica, igual que las divinas palabras del latín, constituye el oráculo irrebatible, el decálogo no impreso en piedra sino en papel de prospecto médico. Al apóstata o ateo de esa religión se le llama negacionista, y el pecado capital de nuestros días no es ser malo, sino ponerse malo.