Antonio García


Las Meninas

09/11/2020

En su reciente Madrid, Andrés Trapiello refiere el carácter descreído de los madrileños, un pueblo que ya no se sorprende de nada, habituado como está a que su ciudad se convierta en campo de pruebas para satisfacer caprichos de alcaldes y regidores. Por eso va a ser difícil que agite las pestañas ante esa legión de meninas escultóricas que han tomado una cuantas calles de Madrid, obras de 34 artistas convencidos de que el pobre Velázquez, tan antiguo, necesita una actualización, o al menos un móvil con el que infligirse un selfi. El factor sorpresa queda muy minimizado, porque en el mundo del arte actual las mamarrachadas son tan habituales que una más solo suscita hastío, sensación de dejà vu. Puede que cuando Duchamp le puso sus bigotes a La Gioconda se detectaran algunos casos de síncope entre espectadores desprevenidos, pero añadir ahora barbas, chalecos o lunares a las chicas de Velázquez solo provoca desorientación o cabreo: nada las distingue, si no es el colorido fashion, de los  contenedores de vidrio, un ejemplo de arte urbano mucho más práctico y honesto. En el mismo libro se recuerda la ocurrencia de Dalí, quien preguntado sobre qué salvaría de un hipotético incendio del Prado, contestó que el aire de Las meninas. Las lumbreras que han intervenido o customizado las figuras no se han contentado con el aire velazqueño sino que las han sacado literalmente a la calle, liberándolas de su marco, justo ahora en que lo que se impone es el confinamiento. Nadie sabe si Velázquez hubiera dado aprobación a la infamia, porque a los muertos no se les pregunta, pero muchos vivos no han reído la gracia y exigen reparaciones.