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Editorial

No eran piolines, presidente. Eran policías con una labor comprometida

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, volvió a tirar ayer de brocha gorda para referirse en este caso a los policías nacionales que fueron trasladados a Cataluña en septiembre de 2017 para hacer frente al desafío secesionista que amenazó con alterar el orden institucional en esa comunidad autónoma. Todo ha ocurrido cuando la portavoz del Partido Popular, Cuca Gamarra, le ha instado en la sesión de control al Gobierno a aclarar cuántas concesiones más va a hacer al independentismo para mantenerse en la Moncloa. El jefe del Ejecutivo ha querido contrastar su gestión en el conflicto catalán con la de su antecesor, Mariano Rajoy y ha espetado en el Congreso: «Ustedes mandaban Piolines a Cataluña y con nosotros la selección española de fútbol puede jugar sin ningún tipo de problema».
La frase no dejaría de suponer un ejemplo más del grado de crispación con el que está impregnada la vida parlamentaria si no fuera porque en este caso se falta el respeto a unos servidores públicos que tuvieron que actuar en un momento muy delicado y que sufrieron no solo los ataques de aquellos que deseaban la independencia, sino también el desprecio de algunos de los que ahora forman parte del Gabinete de Sánchez. En unas condiciones precarias, mal alimentados, durmiendo en barcos reciclados de actividades turísticas porque ningún establecimiento de hostelería estaba dispuesto a alojarlos, los 6.000 policías de toda España que tuvieron que trasladarse a Cataluña garantizaron el orden en uno de los momentos en los que este país más lo necesitaba.

Cuando un Gobierno pone tanto cuidado en no molestar a ninguna minoría pero insulta a los servidores públicos es que algo no funciona bien"

Cuando un Gobierno pone tanto cuidado en no molestar a ninguna minoría, de palabra, obra, acción u omisión, y no tiene el más mínimo reparo en insultar en el Parlamento a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, es que hay algo que no funciona como debe. El lenguaje nunca es inocuo y cuando no se utiliza del modo correcto, la única salida es pedir perdón. Lejos de esta actitud, que hubiera honrado a Pedro Sánchez, pues todos somos conscientes de que el acaloramiento puede condicionar el debate parlamentario, el Ejecutivo se enredó en una retahíla de interpretaciones inconsistentes que no hicieron sino confirmar el tremendo patinazo cometido.
No todo vale en política y el presidente no puede utilizar este tipo de artimañas para intentar recomponer las maltrechas relaciones con ERC, partido que con su apoyo propició la investidura. Los recuerdos de lo que supuso la ilegal consulta separatista están demasiado frescos en la memoria de los ciudadanos como para que alguien puede tergiversar aquellos dolorosos acontecimientos.