BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Los nobeles y el supremacismo anglosajón (I)

11/10/2020

El día que nos enteremos fehacientemente de lo que subyace bajo este mundialmente reconocido galardón otorgado por el comité de cinco miembros elegidos por la Academia Sueca, más de uno se llevará  sin duda las manos a la cabeza.
Después de años de dominio germánico y, en menor medida, británico, tras la Segunda Guerra Mundial y el vuelo de cerebros a USA, unido, claro está, al vuelo de judíos que, con sus fortunas más o menos mermadas, hallaron en Manhattan su refugio natural, el supremacismo anglosajón, con su mentalidad pragmática, se ha ido imponiendo hasta límites avasalladores en el mundo.
Decir que entre los Estados Unidos y Reino Unido acaparan 508 premios Nobeles de los cinco ámbitos (Medicina, Física, Química, Literatura y Paz) considerados, es un hecho más que escandaloso –uno más– que prueba que, con el punto y final de la Segunda Guerra Mundial provocado con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki (fabricadas con el equipo dirigido por el nazi Von Brown), y la apropiación de un triunfo sobre la Alemania Nazi que fue, sobre todo, obra de la Unión Soviética, país que, dicho sea de paso, puso los muertos (veinticinco millones frente a los 350.000 de USA y otros tantos de Inglaterra), los auténticos vencedores fueron Trumann (de haber vivido Roosevelt otro gallo le hubiera cantado al mundo) y Churchill.
Lógicamente el pez gordo, con los años, se fue comiendo –aunque procurando dejarle siempre, como aliado incondicional, una parte del botín– al chico, sobre todo desde el momento en que éste fue perdiendo su enorme Imperio colonial por el que Churchill, de una manera obscena, sacrificó a un país como Grecia y regaló a Stalin media Europa aprovechando que Roosevelt expiraba. En resumen, nunca en la Historia un país – formado por cazadores, tramperos, buscadores de oro, negociantes y pequeños burgueses sin pedigrí– había sacado semejante rentabilidad a dos guerras (la Primera Guerra Mundial, en la que, recordemos, entraron al final, cuando los dos bandos enfrentados estaba destrozados; y la Segunda a raíz del controvertido Pearl Harbour).
Desde entonces, aprovechando la coyuntura, y luego de buscarse el enemigo a su medida, su ‘judío’ como habían hecho los nazis, en el comunismo de todo signo, pero en especial el de la URSS, se erigieron en gendarmes del mundo, no dando puntada sin hilo, yendo guerra tras guerra –Corea, Vietnam, Iraq, Afganistán–, y haciendo de ésta, del petróleo y de la venta de armamento un negocio fabuloso. Ahí empezó el supremacismo anglosajón, compartido con Gran Bretaña y al que, rastreramente, se fueron sumando países como Holanda, Canadá, los países nórdicos europeos y, dejándose querer, la Francia de De Gaulle, con el fin de obtener las migajas.
El resultado es el mundo actual, con una Alemania siempre renaciente pero domeñada, un Japón, colonia de USA, una URSS vencida desde la caída del Muro, una China que, a lo suyo, va amenazando, un Israel que, en sí es una bomba de relojería frente al mundo árabe sometido a punta de bayoneta, y, a lo que íbamos, unos países del sur de Europa –los canallescamente denominados ‘pigs’–, condenados a sobrevivir sirviendo cafés en las playas mediterráneas. El paraíso de Ulises para que ellos, los que se llevaron el bocado del león, se sientan a gustito, viviendo unas espléndidas y baratas vacaciones haciendo cosas que en su país ni se atreverían a hacer o viviendo una jubilación dorada. Ingleses y americanos, desde Borrow, nos consideraron algo exótico, pintoresco, pero en exceso apasionados, fanáticos y escasamente disciplinados para el trabajo y aún menos para quehaceres intelectuales, vamos, algo así como portugueses, griegos y turcos. Fue como en esas utopías renacentistas: ellos, los nórdicos, anglosajones, protestantes, calvinistas discípulos de Locke y Newon, las cabezas pensantes; nosotros, los sureños, vaciados de ideas por los poderes fácticos, ‘carnes de cañón’, los obreros, la mano de obra barata. Y así siguen considerándonos muchos.