EN VERSO LIBRE

Francisco García Marquina


Su majestad: el Rey

13/10/2020

La monarquía, por su antigüedad, su vistosidad y su apariencia protectora, tiene un tirón emotivo que crea una relación entre lo filial y lo servil con los ciudadanos que tienden a considerarse súbditos y ocasiona reacciones viscerales desde el ‘vivan las caenas’ ante Fernando VII a la guillotina para Luis XVI. La monarquía, como la religión, es una superestructura de poder que con la desmitificación moderna va perdiendo vigencia. Pero no hay que detenerse en los fastos reales pues el dilema no es de formalidades entre república y monarquía sino de realidades entre dictadura y democracia, pues bajo una u otra forma de estado puede habitar cualquiera de ellas.
La realeza tiene un criticable mecanismo hereditario, pero el resultado en España es que el rey es buen representante internacional de la nación, se mantiene dentro en la imparcialidad política y ha de ser una última instancia en los conflictos. Su misión integradora ahora es crucial en una España desvertebrada y en un caos de múltiples mandatarios rapaces e incompetentes.
Lo antedicho viene a cuento por el veto que puso el Gobierno a la habitual asistencia del monarca en Barcelona para la entrega de despachos a la última promoción de jueces. La razón de fondo es la necesidad de Sánchez de complacer a los socios de los que depende su poder, pero esta ausencia ha sido justificada por los miembros del ejecutivo con argumentos  incongruentes como protegerle o que la Corona ha de situarse por encima de la lucha política para representar a todos y no sólo a una parte, pero ¿acaso la otra parte es legítima? En esta línea, el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo dice que es una medida para «velar por la convivencia» ¿al precio de humillarse cediendo en el derecho? Y el ministro añade que debe normalizarse la ausencia del Rey Felipe VI en la entrega de despachos, añadiendo este disparate: «hay que ver las cosas con normalidad». ¿Hay que considerar ‘normalidad’ esta ausencia sorprendente y forzosa?  El ministro de Universidades Manuel Castells compartió las declaraciones de Jaume Asens, presidente del Grupo Parlamentario de Unidas Podemos, que echó los pies por alto diciendo: «sería fantástico que el Rey Felipe VI no volviera nunca más a Cataluña», y añadió: «Hay una herida abierta en amplios sectores de la sociedad catalana por el desafortunado discurso del Rey del 3 de octubre de 2017».
¿Desafortunado? ¿Qué agravio a los catalanes cometió Felipe VI? El Rey rechazó la proclamación ilegal de la independencia de Cataluña «al margen del derecho y la democracia» y denunció el incumplimiento de la Constitución y su Estatuto de Autonomía. «Han pretendido quebrar la unidad de España y la soberanía nacional, que es el derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común». Y finaliza con «el firme compromiso de la Corona con la Constitución y con la democracia, mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles, y mi compromiso como Rey con la unidad y la permanencia de España».
Un discurso tan justo y necesario me obliga a poner en cuarentena moral a sus críticos.