BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Juan Carlos I, historia de una decepción

16/11/2020

El ruido de la pandemia ha acallado, y de qué modo, el que sin duda ha sido el gran escándalo del siglo XXI en España: la salida de España por la puerta falsa de don Juan Carlos I (aquél a quien el historiador Carlos Seco aplicara el más o menos acertado calificativo de El Rey Paciente), salida que unos han calificado de exilio y otros de vergonzosa fuga (comparándola, incluso, con la de Puigdemont).
¡Quién lo dijera!, cuando su biografía y su papel dentro de la Historia de España ya estaba prácticamente trazados; cuando, con sus luces y sombras, quien más quien menos lo situaba fuera de la funesta estela de la mayoría de sus ancestros Borbones (dejando a un lado al insigne Carlos III y a Alfonso XII, que murió, como se sabe, en plena juventud, con 28 años). ¡Por fin un rey! Y eso que personajes turbios como José Luis de Villalonga y tantos otros dieron en llamarlo El Rey Breve.
Tras unos duros comienzos, con su actuación la tarde noche del 23-F, su aureola –por más que la derecha franquista omnipresente se empeñara en sembrar la duda– creció hasta límites insospechados. Sus dotes, su campechanía, su apostura, y, sobre todo, las personas de las que se supo rodear, empezando por Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez, la reina Sofía (una gran profesional que siempre llevó la realeza en la sangre y en cuyo árbol genealógico hay nada menos que treinta testas coronadas) y sin olvidarnos de aquel excelente profesional y hombre honesto que fuera el asturiano Sabino Fernández Campos, jefe de la Casa Real, hicieron de él, pese a su escasa brillantez, un referente de la realeza europea, admirado y considerado por donde iba. Su milagro: convertir una dictadura de casi cuarenta años en una monarquía constitucional, ahí es nada.
Los años ochenta y noventa fueron sus años gloriosos, por más que las malas lenguas incidieran más y más en sus insinuaciones donjuanescas y en determinados tantos por ciento derivados del petróleo destinados a engrosar su más bien menguada fortuna (de todos era sabido las estrecheces en que vivió desde su llegada a España en 1948 y su posterior instalación en La Casita de Arriba, en San Lorenzo del Escorial, en 1959). Lo de las faldas iba de soi habida cuenta del viejo dicho: «Madame, los Borbones y yo somos así»; lo segundo, su pasión por el dinero, se ocultó sistemáticamente, de una forma parecida a lo que estaba ocurriendo con el honorable Pujol. Un silencio vergonzante que ningún preboste de los medios de comunicación se atrevió a romper.
Pero ya se sabe aquello de que la materia ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma a peor; la dama hermosa pierde su belleza; la fea se torna horrenda. Es la ley de que todo degenera. Y don Juan Carlos degeneró justo en el momento en que se le ponía la nariz borbónica de su ilustre y malhadado ancestro Fernando VII, conocido como El Rey Felón. Para entonces, fallecidos, repudiados sus mentores y alejado de su esposa, había caído definitivamente en manos de la cohorte de turiferarios que, por disponer de títulos honoríficos y proclamarse monárquicos, viven de la adulación, la lisonja, el trapicheo a gran escala, «miran al Estado como si fuera una finca, su  finca», que dijera Pío Baroja.
Los desdichados matrimonios de sus hijas, los continuos escándalos cada vez peor sofocados, sobre todo desde el momento en que la prensa del ‘colorín’ vio que tenía un verdadero chollo en tan singular familia. Lo de Urdangarín fue un aviso muy serio (por más que la esposa, exonerada, siga pensando que el pueblo español es malo, envidioso y dañino). Parece ser que don Juan Carlos lo conminó a poner tierra por medio antes que ocasionara la ruina de la Monarquía. Pero de eso se encargaría la descarada concubina Corina. Ahora podríamos concluir estas líneas con el consabido The rest is silence. Pero todos sabemos que hay mucha tela por cortar, empezando por la envenenada herencia que le ha dejado a su hijo Felipe. Y lo peor es la decepción.