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Javier López-Galiacho

Javier López-Galiacho


Un cuarto de hora

28/09/2021

Después de 40 años viviendo en el madrileño barrio de Chamberí/Moncloa, hoy martes no solo cambio de zona, seguramente también de manera de vivir. Me espera la misma y cercana localidad de la Sierra a la que cantó nuestro poeta nobel Vicente Aleixandre: «El pueblo está en la escarpa de una sierra. Arriba la Najarra. Abajo la llanura, con una sed enorme de perderse». Desde el pasado junio ya sabíamos que en este septiembre final nos iríamos de la casa donde crecieron nuestros hijos, en la que transitamos la meseta de la mejor madurez. Han sido meses para elegir lo que se queda o lo que viene con nosotros. Por eso me ha impresionado el desastre natural de la Isla de La Palma y los efectos devastadores para la vida de esos miles de palmeros, cuyas cenizas tierras agarran las plataneras y las hojas del mejor tabaco español. Sobre todo, me impactó conocer ese cuarto de hora, esos 15 minutos, que las fuerzas de orden público conceden a los palmeros para entrar en sus casas y salvar en bolsas de basuras lo que quieran y puedan. Imagínese, querido lector, que le conminan a subir a su piso, pues se va a venir abajo, y que sólo tiene 15 cortísimos minutos para almacenar en plástico el resumen de toda una vida. Por dónde empezar. Me emocionaba escuchar a los palmeros afectados cómo concentraron el esfuerzo en salvar los álbumes y marcos de fotos, esos recuerdos de los seres queridos. Somos porque fuimos, decía Julián Marías. Quizá, el que lo tuviera, que no todos, buscaría los títulos de propiedad, inservibles ya porque donde cae la lava, no se puede construir. Lo de La Palma me recuerda lo que presencié hace ya muchos años ante una señora del barrio de Cuatro Caminos de Madrid, cuya casa se acababa de incendiar. Mientras los bomberos controlaban las últimas cenizas, la mujer sujetaba en sus brazos una pequeña caja de cartón con los escasos efectos salvados. Con aflicción de alma, no paraba de repetir una triste letanía: «Toda una vida me cabe en una caja de zapatos». Al final, podremos engañarnos, pero nuestras vidas son un mero cuarto de hora en el infinito del tiempo.