Eloy M. Cebrián


Muerte en la acera

08/01/2021

No importa cuán optimista sea uno, a veces llegamos a la conclusión de que hay problemas irresolubles, como la pobreza, el cambio climático y los individuos que van en bici por las aceras. En los últimos días he tenido la desgracia de toparme con tres de ellos, por lo que el hecho de seguir vivo en lugar de estar tocando el harpa me parece un auténtico milagro navideño. En un artículo anterior los denominé «centauros del asfalto», pero su denominación más adecuada sería «homicidas de las aceras». Llevo años denunciando sus fechorías desde esta columna, pero ellos siguen imperturbables, como una plaga bíblica, recorriendo las aceras a toda velocidad, sorteando a los peatones y levantando el dedo cuando alguien se atreve a increparlos. Pueden aparecer en cualquier calle y en cualquier momento, pueden venirte de frente, lo que te brinda cierta capacidad de reacción, o surgir a tus espaldas, lo que te convierte en víctima inerme del azar. Un paso en falso, un cambio de dirección en el último instante y date por atropellado. He hablado sobre el asunto con varios ciclistas de los que respetan las normas, de los que circulan por la calzada y acatan las señales y los semáforos (algunos hay, aunque no abundan), y son ellos los primeros en denunciar a estos gamberros que parecen surgidos de la pesadilla de un viandante. No existe conducta más incívica y peligrosa que la de llevar una bicicleta por una acera, con la única excepción de sustituir la bici por un patinete eléctrico. En este año en que la humanidad pretende erradicar el coronavirus, tal vez nuestro alcalde debería plantearse erradicar a los ciclistas de nuestras aceras. Le quedan algunos meses para lograrlo y sería una excelente forma de ser recordado por haber hecho algo útil por sus conciudadanos.