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Eloy M. Cebrián

Eloy M. Cebrián


Agosto sin pachanga

20/08/2021

Este agosto, sin fiestas patronales, sin charanga y sin pandereta, posee una apacible belleza que muchos echaremos de menos cuando la pandemia sea cosa de las hemerotecas. Dicen los optimistas que todo ocurre por un motivo, lo que supongo que no es sino una forma de consuelo. El pensamiento mágico nos indica que hasta las mayores putadas encierran una enseñanza o una consecuencia positiva, por lo que hay que saber encajarlas con resignación. Bien, pues he aquí la consecuencia favorable de la pandemia: la supresión de las fiestas patronales, o bien su sustitución por actos culturales que no interesan a nadie y donde todo el mundo tiene que estar sentado. Las fiestas patronales tienen más de carnaval que el propio carnaval, en el sentido de que durante unos días muchas personas que ejercen como ciudadanos normales y civilizados se convierten en juerguistas alcoholizados amigos de perturbar el descanso ajeno. Y eso por no mencionar a los cafres que se comportan como tales durante todo el año, y que durante las fiestas patronales persisten en su naturaleza, aunque ahora sin censuras y con total impunidad. Este año, una vez más, toca comportarse y no hay coartada que valga. ¿De verdad es eso tan terrible? Y créanme que lo siento mucho por los músicos que hacen su agosto interpretando Paquito el chocolatero por las plazas de toda España, y por los creyentes que un año más se quedan sin sus procesiones y sin sus romerías. Sin embargo, el hecho de que las noches veraniegas hayan sustituido la pachanga por los grillos, unido esto a la desaparición de los energúmenos beodos y de los adolescentes aullantes, solo se puede interpretar como un inesperado beneficio de la pandemia, el único motivo detrás de tanta calamidad. Ahora lo que toca es aprender la correspondiente lección y esperar los beneficios futuros, que existen aunque de momento no los vean.