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Elena Serrallé

Elena Serrallé


Conticinio

29/06/2022

O lo que es lo mismo, hora de la noche en que todo está en silencio. Ese momento en que puedes escuchar tus pensamientos, ese en que te sientes vulnerable, expuesta, sola, libremente sola, libre, solamente libre. Tú y tus planes, pero también tus incertidumbres, tus miedos, tus sueños. En ese momento en que haces balance del día, de la semana y, si se prolonga, hasta de tu vida. Inyección de vértigo, de calma, de preparados y listos. Pasas lista a tus logros y también a las tareas pendientes, que siempre ganan. Respiras. 
Pero ¡ay de ti si se pasa de la raya! Si eso ocurre, estás perdida. Si cruzas la frontera de la calma y penetras en la ansiedad, te aguarda una noche velada, huérfana de sueño, una noche de esas largas que boicotean tu descanso y magnifican el problema más irrelevante. Y te agobias, y te obsesionas, y la oscuridad lo apaga todo, consiguiendo que te rindas, que te inunde una gigantesca sensación de desamparo, de derrota. Esa misma oscuridad que te empequeñece y te desnuda, que mina tu confianza y se burla de tu seguridad. Esa oscuridad que te engulle.
Y es en ese preciso instante en el que abandonas la cama y asaltas la nevera, o al menos la abres con la vana esperanza de encontrar el somnífero que te invite a transportarte al mundo onírico.
Ni el yogur, ni el puñado de almendras ni el Cola Cao surten efecto y así aceptas resignada que la noche se prevé eterna, pesada, plomiza. Como si de una condena de prisión se tratara, vas restando las horas hasta el alba, que pasan a cámara lenta.